domingo, 28 de octubre de 2007

Reflexiones para un nuevo socialismo

Paddy Ahumada Gallardo
Académico, Presidente Regional Partido Socialista de Chile - Valparaíso

“Todo acto de persona o grupo destinado a propagar doctrinas que atenten
contra la familia, propugnen la violencia o una concepción de la sociedad,
del Estado o del orden jurídico de carácter totalitario o fundada en la lucha
de clases, es ilícito y contrario al orden institucional de la República”
(Artículo 8º de la Constitución Política de Pinochet)

“La receta del marxismo para la transformación social ha perdido vigencia”
(Carlos Altamirano Orrego. Entrevista a La Tercera del 05.08.07)

“El Partido Socialista de Chile…asume como método de interpretación
de la
realidad el marxismo crítico, enriquecido y rectificado por el avance de la
cultura, la ciencia y el desarrollo social…”
(Estatuto del Partido Socialista de Chile. Texto Refundido. Noviembre de 2003)


ANTECEDENTES

Con la caída del muro de Berlín el año 1989 y la siguiente desintegración de la URSS ante los ojos atónitos de los partidos comunistas del mundo, el pensamiento marxista entró en una profunda crisis de la que aún no se repone en forma satisfactoria.

A contar de esa fecha, centenares de libros se han escrito tratando de explicar no sólo el fracaso histórico del proyecto social, político, cultural y económico soviético, sino que también para demostrar que esa derrota supone, hit et nunc, que el único proyecto viable para la humanidad era y es el capitalismo.

Nuestro partido no escapó a esta crisis mundial. Desconcertada nuestra militancia y, en general, el movimiento obrero chileno, tanto por el brutal golpe del 11 de septiembre de 1973, como por la caída del muro de Berlín, sumado al destrozo orgánico producto de la brutal represión de la dictadura, que se tradujo en la muerte y desaparición de dirigentes y dispersión de otros, empezaron a surgir múltiples argumentos teóricos desde la izquierda, no sólo para tratar de explicar lo sucedido, mediante un amplio abanico de argumentos que iban desde la caracterización de la dictadura como neoconservadora legalista, pasando por quienes la pensaban fascista, hasta aquellos que simplemente no la supieron o quisieron caracterizar, planteando lisa y llanamente que el marxismo ya era instrumento obsoleto, con gran regocijo de la derecha.

Pese a que es tradición histórica la aparición de conversos que maldicen lo que ayer adoraban y adoran, todavía habemos socialistas que seguimos utilizando el marxismo “enriquecido por los avances del conocimiento humano”, como instrumento para estudiar los fenómenos sociales, políticos, económicos y culturales, tal como han seguido reafirmando nuestros últimos congresos partidarios, con la finalidad de hacer propuestas factibles para el cambio de una sociedad que no nos gusta.

La falta de debate a fondo respecto de la necesidad (algunos dicen que ya no es necesario) de una reflexión seria acerca de lo vigente y lo obsoleto del pensamiento de Marx, ha llevado a un PS que hoy día se divide entre quienes siguen reivindicando los planteamientos de un marxismo decimonónico y quienes han repudiado a Marx, pero sin proponer nuevas alternativas ideológicas claras. Entre ambos grupos vive la enorme mayoría de socialistas desconcertados, desmoralizados, desmotivados y una minoría que, silenciosamente, se ha acomodado a la administración del modelo social, político, económico y cultural heredado de la dictadura. Para la mayoría frustrada van estas reflexiones.

Sególene Royal, hace poco derrotada candidata socialista a la presidencia de Francia, decía que ella sentía “...un dejo de nostalgia hacia una izquierda que existió, pero que ahora ya no se hace cargo de los nuevos problemas de la Humanidad como la globalización, el nuevo desarrollo capitalista...pero, a pesar de todo esto, el PS francés sigue estando a la izquierda de otros partidos socialistas de Europa, desde luego del laborismo inglés, del PSOE español y de la izquierda chilena...” Sin comentarios.

EL INSTRUMENTO MARXISTA

George W. F. Hegel, uno de los constructores más importantes del pensamiento científico del siglo XIX, en sus “Lecciones sobre la historia de la filosofía” presentó el desarrollo de ésta como un proceso humano en que la verdad misma va acercándose a nosotros, enriqueciéndose y haciéndose cada vez más compleja y profunda.

Como sujeto pensante de su época, Hegel estaba convencido de que la racionalidad científica, aplicada a la filosofía y a otros campos del conocimiento humano, permitía alcanzar la certeza de que lo pensado era correcto. A esta lógica de pensamiento ayudaron, además, los grandes descubrimientos de aquel siglo en áreas tan disímiles como la física, química, astronomía, biología, matemáticas, todo lo cual llevó al convencimiento en Europa de que existía la posibilidad real de explicar los fenómenos de la naturaleza y del ser humano, mediante leyes simples, verdaderas, estables, ordenadas lógicamente, racionales, donde el tiempo juega el rol de una flecha que recorre pasado, presente y futuro, determinando así los fenómenos históricos que se desarrollaban en cada lugar.

Carlos Marx, a partir de la crítica al idealismo de Hegel, hace confluir en un nuevo corpus las grandes ideas existentes en ese tiempo (filosofía romántica alemana, racionalismo francés, empirismo y economicismo inglés, primeras reflexiones acerca del socialismo) destruyendo en cada una los fundamentos que denominaba “no científicos” o “utópicos”. De esta manera construyó una teoría crítica amplia, que incluía todo el campo del saber y del ser de su época. Su aspiración era filosófica, pero también científica y ética.

En 1859 en su documento “Contribución a la crítica de la economía política” planteó como eje central de su argumentación que en las sociedades donde unos pocos dominan la mayoría los seres humanos entran y viven en un sistema de relaciones independiente de sus voluntades, el cual tiene determinadas características producto del desarrollo de las fuerzas productivas.

Esas relaciones forman la base o infraestructura económica de la sociedad, y sobre ella se alza la superestructura ideológica que determina la conciencia social. Sin embargo, al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas entran en contradicción con las relaciones de propiedad, abriéndose así una etapa de revolución social. La revolución, al cambiar la infraestructura económica, cambia también la superestructura jurídica, política, religiosa, cultural, en suma, la superestructura ideológica.

Concluyó Marx señalando que ninguna formación social puede desaparecer sin haber desarrollado todas las fuerzas productivas de que es capaz. De este modo, toda estructura económico social, formada de infra y superestructura, una vez cumplido su ciclo de vida muere, naciendo otra superior que la remplaza. Es lo que le ocurrirá al capitalismo, dijo, nacido de las entrañas del feudalismo, cuya única fuente de supervivencia es la apropiación de la plusvalía que generan los trabajadores. El desarrollo de las fuerzas productivas le llevará a su colapso, naciendo de este modo la nueva sociedad socialista. Todo esto no alcanzado mecánicamente ya que el motor del desarrollo de la historia no son las fuerzas productivas, sino que la lucha de clases.

En definitiva, el pensamiento marxista planteó que las raíces del poder de la burguesía capitalista se nutren de la propiedad de los medios de producción, y si detenta poder en el parlamento, las iglesias, las fuerzas armadas, en el gobierno, es porque detenta la propiedad sobre los medios señalados, añadiendo que el poder en definitiva no reside en la superestructura ideológica sino en la propiedad de la base económica.

Para Carlos Marx, lo original de su aporte lo explica en la Carta a Weydemeyer, en 1852, donde le dice que lo novedoso de su planteamiento es:

a) Demostrar que las características de las clases sociales no está vinculada más que a fases históricas determinadas del desarrollo de la producción.
b) Que la lucha de clases en el desarrollo capitalista lleva necesariamente a la dictadura del proletariado y
c) Que esa misma dictadura no representa más que una transición hacia la abolición de todas las clases y hacia la construcción de una sociedad sin clases.

Llevadas sus ideas a la praxis política europea de fines del siglo XIX e inicios del XX, primero son transformadas de filosóficas en ideológicas ([1]), para luego adquirir formas doctrinarias y ortodoxas en los partidos socialistas de ese tiempo.

El marxismo de la II Internacional, por ejemplo, ya era una ideología fuerte y dominante a fines del siglo XIX y principios del XX, presentándose como la única y verdadera ciencia social, capaz de predecir el futuro de la sociedad humana, hacia una sociedad sin clases. Sin embargo, la realidad de los desarrollos de los países más avanzados de Europa, obliga a la II Internacional a atemperar su discurso político, transformando finalmente la revolución en evolución dentro de lo posible, construyendo una especie de simbiosis entre aspiración al socialismo y democracia burguesa.

En Rusia, desde sus inicios en la actividad política, los dirigentes del partido bolchevique, con Lenin a la cabeza, renegaron de la “traición reformista”, imponiendo con mano férrea la cientificidad absoluta del marxismo, la verdad inevitable del advenimiento de la sociedad sin clases y la necesidad imperiosa de construir un partido centralizado, militarizado, que no acepta en caso alguno ideas críticas o diferentes, única forma de tener a disposición un partido, vanguardia de la clase obrera, capaz de dirigir a ésta a su liberación de los explotadores.

Tomado el poder en la Rusia zarista por el partido bolchevique, sus ideas y propuestas se expanden de modo vertiginoso por Europa y parte de América Latina, creándose entonces la III Internacional con la finalidad de organizar e impulsar la revolución mundial.

Los sucesivos fracasos de la revolución en los países capitalistas, especialmente en Alemania, y luego de la muerte de Lenin, surge la doctrina del “marxismo-leninismo”, fuertemente apoyada y promovida por Stalin, doctrina que tiene poco de Lenin y mucho menos de Marx (entre varias otras cuestiones porque éste nunca previó la “revolución en un solo país”, tampoco el poder absoluto de un partido único “de la clase obrera”, y menos un proceso que apuntó al fortalecimiento de un Estado omnipresente, sustentado en definitiva en la acumulación capitalista, todo lo cual hubiese ido en contra de su pensamiento dialéctico que, en definitiva, señalaba la desaparición del Estado como fase superior al capitalismo)

Fue así como la filosofía de Marx, pensada por él en forma racional y científica, devino en doctrina desde la que nació el marxismo-leninismo y éste, a su vez, en fuente infalible de la verdad en todos los dominios. Durante 70 años, esta visión reducida del pensamiento de Carlos Marx dominó en la Unión Soviética, llevándola a su derrumbe, y con éste, al desconcierto de las izquierdas revolucionarias.

MARXISMO: SITUACIÓN ACTUAL

La reflexión que proponemos acerca del pensamiento de Marx y su validez actual supone el asumirlo desde la perspectiva de instrumento de análisis (se supone, por lo tanto, que también existen otros) superior desde el punto de vista de las conclusiones objetivas y racionales que puede lograr, y no como filosofía de vida. Para utilizar correctamente este instrumento es necesario tener claras dos reflexiones complementarias. Una, que se necesita determinar, con la máxima precisión, cuáles son los avances del conocimiento humano que objetivamente pueden perfeccionar y enriquecer dicho instrumento y, la otra, tener claro qué significa hoy día pensar socialista.

Partamos por lo primero ¿Qué avances del conocimiento humano objetivamente han enriquecido y perfeccionado este poderoso instrumento de análisis de la realidad social?

Debemos reconocer, antes de iniciar un esbozo de respuesta al primer interrogante, que los planteamientos de Marx han sido una fuente poderosa para el mejor conocimiento de las organizaciones sociales, culturales, políticas y económicas del ser humano, habiendo entregado durante el siglo XIX ideas que han llevado a lo más civilizado que tenemos respecto de las relaciones entre las clases sociales y respecto a la dignidad de los trabajadores. Claro que también debemos reconocer que su derivado, el llamado marxismo-leninismo, ha generado dictaduras crueles, rígidas e implacables.

Sin embargo, esta derivación no es consecuencia directa de lo que planteó Marx, sino producto, de la necesidad de la primera revolución, la bolchevique, de construir un instrumento ideológico potente, que le permitiese sobrevivir en un medio internacional absolutamente adverso, con un campesinado muy atrasado política e ideológicamente y una clase obrera poco numerosa para las enormes tareas que debían enfrentar Lenin y sus camaradas, estudiosos todos de la teoría de Marx y dispuestos a ponerla en práctica. Al desaparecer Lenin e instalarse en el poder Stalin, se elabora el marxismo-leninismo como corpus teórico-práctico operativo, imponiéndolo con la brutalidad que ya conoce la Historia.

El repensar hoy día el marxismo no supone, en caso alguno, desdibujar o reducir la enorme potencialidad de su filosofía, de sus propuestas éticas, del uso de la dialéctica crítica para el análisis de los fenómenos sociales, de la antropología filosófica de sus primeros años, de su construcción epistemológica, en fin, de todo el enorme aporte a la toma de conciencia por parte de los trabajadores de su rol en el proceso productivo capitalista, al fortalecimiento de sus organizaciones, al avance de la justicia social, a la percepción de que existe la posibilidad real de construir una sociedad más justa, solidaria, participativa, amplia y profundamente democrática es decir, una sociedad que los socialistas la llamamos precisamente así: socialista.

Como sujeto histórico Carlos Marx, pese a sus genialidades, es evidente que no podía escapar al uso de los instrumentos teóricos desarrollados hasta el siglo XIX, como era el pensar según las lógicas de la ciencia y aplicar la denominada reflexión científica a sus constructos teóricos aplicados a lo social. Sólo a título de ejemplo recordemos que el desarrollo de las ciencias habían llegado a descubrir, para explicarse la naturaleza, las leyes de Newton, las leyes de la termodinámica, de la electricidad, del movimiento de los planetas y soles, etc. lo que permitió un desarrollo espectacular de máquinas herramientas, sistemas de transmisión de energía, iluminación, transporte, etc.

Al pensar Marx según el rigor de la ciencia de ese tiempo, su filosofía sirvió para determinar con precisión las características del capitalismo de fines del siglo XIX y casi todo el siglo XX; las contradicciones insalvables entre los dueños del capital y los que venden su fuerza de trabajo; la unidad y lucha de contrarios como expresión de la dialéctica de fenómenos macro que se desarrollan en la sociedad, pero también introdujo conceptos propios del determinismo temporal de la época que imagina el tiempo como una flecha que cruza el presente desde el pasado al futuro, asumiendo el denominado materialismo histórico como eje central de su discurso, afirmando la inevitabilidad del surgimiento del socialismo desde las cenizas del capitalismo, asignando a la dictadura del proletariado la responsabilidad de asumir la fase histórica de paso del capitalismo al socialismo.

Precisamente la conceptualización determinista de la ciencia del siglo XIX fue uno de los elementos fundamentales en la elaboración de llamado marxismo-leninismo, y que al mismo tiempo desdeñó y acalló todos los otros fundamentos dialécticos de Carlos Marx para la liberación del ser humano, lo que le llevó al fracaso histórico, puesto que abortó la capacidad creativa, propositiva, crítica, participativa y revolucionaria de la clase trabajadora de continuar elaborando teoría y práctica científica para la transformación permanente de la sociedad.

Fue así como en la ex URSS, patria del “socialismo real” (mejor caracterizarlo como socialismo burocrático) nació una nueva clase dominante organizada en los partidos comunistas, que poseía la propiedad de los medios de producción y controlaba de modo coercitivo el desarrollo de las fuerzas productivas, decidiendo qué se producía, cómo se producía y para quienes se producía, eliminando de un golpe toda posibilidad de cambio revolucionario a partir de la participación activa, comprometida y con capacidad de poder, de la clase trabajadora. El argumento era simple: mientras no se desarrollase hasta su máxima posibilidad la base económica de la sociedad soviética (infraestructura económica) no era posible modificar la superestructura ideológica.

En definitiva, el PC de la ex URSS al ahogar la capacidad creativa de los trabajadores, transformó lisa y llanamente su sistema económico en capitalismo de Estado, con la diferencia no menor respecto del capitalismo puro y duro, que éste, si bien utiliza del mismo modo la fuerza para aplastar cualquier brote de rebeldía en contra suya, también estimula y compra inteligencia en abundancia, pagando lo que sea, con el fin de recibir nuevos conocimientos científicos, tecnológicos, incluso de las ciencias sociales, adecuándose de modo flexible y permanente a los nuevos conocimientos, para poder seguir viviendo en base a la apropiación de la plusvalía. En cambio en la ex URSS, sus dirigentes subordinaron de modo rígido y creciente la superestructura a la base económica, llevándola al colapso definitivo, puesto que como organización capitalista no pudo sobrevivir a la competencia.

CONCLUSIÓN Nº 1. Así como descubrimientos y desarrollos teóricos del siglo XIX siguen siendo utilizados hasta hoy día por la Humanidad para mejor comprender el mundo que le rodea y tener un mejor bienestar (mejores técnicas de construcción apoyadas en las leyes de Newton; motores que funcionan de acuerdo a la leyes de la electricidad; organizaciones públicas basadas en las teorías de Weber, etc., etc.) también la teoría dialéctica perfeccionada por Marx, su propuesta del desarrollo de la historia basada en el conflicto de intereses opuestos y contradictorios, la defensa irrestricta que hace de la libertad del ser humano, la rigurosa caracterización del capitalismo, siguen sirviéndonos perfectamente a los socialistas como base inicial para pensar y actuar. Pero utilizarlos como fe revelada, mecánicamente, para comprender y actuar sobre la realidad actual informatizada, globalizada, con un capitalismo que penetra todas las sociedades, con problemas de múltiples orígenes (no sólo económicos), con organizaciones en red, es simplemente retroalimentar la incapacidad del PS para conquistar voluntades mayoritarias que luchen por el cambio hacia el socialismo.

Como otro ejemplo que refuerza lo anterior se puede señalar también que los descubrimientos y desarrollo teóricos aplicados a la tecnología del siglo XIX, si quisiéramos usarlos en nuestra época para el conocimiento del comportamiento de los átomos que conforman una estructura, o al por qué del calentamiento global, o a la predicción del comportamiento humano individual, etc., simplemente no nos sirven o son insuficientes.

Surge, entonces, de modo nítido la necesidad de que el PS de Chile inicie de manera colectiva el estudio y reflexión detallada respecto de las insuficiencias del pensamiento marxista y de sus aplicaciones para conocer e interpretar la actual realidad, aplicando con el máximo rigor intelectual la propuesta de Eugenio González Rojas que exige estudiar y reconocer todos los avances del conocimiento científico con el fin de perfeccionar de modo permanente nuestro instrumento de análisis. Sólo así los acuerdos de nuestros congresos no serán letra muerta.

TRES AVANCES DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

Como una manera de iniciar el estudio y reflexión señalado, me permito señalar de manera resumida y seguramente imperfecta tres avances fundamentales del conocimiento científico que nos podrían ayudar a una elaboración más precisa de una respuesta a la segunda interrogante que he planteado ¿Qué significa hoy día pensar socialista? (A la cual es preciso añadir de inmediato la vieja pregunta ¿Y qué hacer?)

1. ACERCA DE LA CLASE OBRERA.

La concepción de Marx respecto al avance y desarrollo de la humanidad correspondía a una visión de causa-efecto ya que, según lo que planteó, ella se basaba en la explotación del hombre por el hombre, siendo el motor del desarrollo de la humanidad la lucha de clases. Así, unos pocos “malos” abusaron históricamente de una mayoría de buenos alienados, ignorantes, sumisos, cuya única manera de liberarse era apropiándose en forma colectiva de los medios de producción en el momento que el desarrollo de las fuerzas productivas alcanzaran su clímax. Es decir, suponía que bastaba con el quiebre de la sociedad capitalista existente en su tiempo, para alcanzar esa soñada libertad que iba a permitir construir la sociedad socialista igualitaria, democrática, creadora, en que cada uno iba a tener según sus necesidades. La etapa de tránsito desde el capitalismo a la nueva sociedad correspondería a la dictadura del proletariado industrial.

En otras palabras, relación dialéctica entre el aspecto “bueno” y el aspecto “malo” del desarrollo de la Humanidad es indisoluble, siendo la explotación del hombre por el hombre un elemento fundamental de ella. Para Marx, la superación de esta situación podía llegar cuando, desarrolladas al máximo las fuerzas productivas, se generaba una situación de crisis que, en el caso del capitalismo, iba a ser aprovechada por la clase “buena”, la clase obrera industrial, para apropiarse de los medios de producción de modo que la riqueza producida por cada uno(a) fuese distribuida primero a cada uno(a) según su aporte y luego, según sus necesidades, en forma colectiva y democrática. No queda claro en los escritos de Carlos Marx la definición del instante en que la clase obrera iba a tomar conciencia de la necesidad de asumir el rol de dirección del proceso de apropiación. En todo caso, la construcción marxista-leninista resolvió esto asignando dicho rol a la “vanguardia del proletariado”, es decir, al partido comunista. En definitiva, la clase obrera industrial para Marx, venía a ser algo así como el Mesías de la tradición judeo-cristiana.

Lamentablemente el desarrollo histórico del siglo XX y de los primeros años del actual, muestra que el desarrollo elaborado por Carlos Marx no ha sido seguido por las vanguardias revolucionarias que han asumido el poder de gobierno en América Latina, Europa, Asia, África u Oceanía.

En los países occidentales, la clase obrera industrial de los países más avanzados se ha dividido, aburguesado y perdido su voluntad de transformación social. En el caso de la ex URSS, el país más avanzado del socialismo real, el sistema se derrumbó a pesar de un partido comunista con más de sesenta millones de militantes, de los cuales cuarenta eran jóvenes konsomoles. Ninguno de ellos lanzó ni siquiera una piedra en defensa del sistema.

En su construcción, siguiendo la lógica determinista de la ciencia de su tiempo, Marx pensó en una clase obrera industrial que, pese a estar alienada, tenía en su interior un conjunto de cualidades potenciales que aparecerían y se iban a desarrollar en todo su esplendor en cuanto el capitalismo entrase en su crisis terminal. Crisis inevitable, según el pensamiento científico del siglo XIX, pues la desaparición del capitalismo también sería inevitable en el mismo instante en que el desarrollo de las fuerzas productivas alcanzara su clímax.

CONCLUSION Nº 2. Es necesario repensar el planteamiento de Marx centrado exclusivamente en el grupo que conforma el homo faber, u homo economicus como también se le llama al ser humano cuya actividad central e interés se relaciona estrictamente con la producción de bienes y servicios para obtener una remuneración, es decir la clase obrera industrial. Algo de crítica implícita a este planteamiento hizo el PS cuando en la década de los 40 se empezó a referir a los “trabajadores manuales e intelectuales”. Las sociedades actuales son más complejas aún y es preciso aclarar no sólo las subdivisiones existentes entre ambas categorías de trabajadores, sino que también prestar la misma atención a otros grupos cuyos intereses y actividades son otras, alternativas o complementarias a las económicas.

2. ACERCA DEL SER HUMANO

¿Es posible el desarrollo del lado bueno del trabajador sólo con el quiebre de la organización capitalista?

Este es un tema teórico no menor, considerando que los avances de las ciencias psiquiátricas y neurológicas que le estudian demuestran que el ser humano es al mismo tiempo bueno y malo, predominando uno u otro aspecto en un lugar y tiempo determinados, según las condiciones objetivas en que ha nacido y vive, de su arquitectura genética, de su cultura, conocimientos y desarrollo de valores morales y éticos, además de sus aptitudes y actitudes. Como dice Edgar Morin ([2]) “bondad y maldad pertenecen a la complejidad del homo demens”. La acción de violadores, torturadores y asesinos de cualquier dictadura, así como la acción de personas dispuestas a dar su vida por el bienestar de los demás, demuestran esta afirmación.

La teoría marxista construida alrededor del concepto homo faber, tuvo una construcción simétrica, por la misma época, realizada por Sigmund Freud, quién empezó a bucear en la naturaleza psíquica y afectiva del ser humano, planteando que este se hallaba permanentemente sometido al conflicto dialéctico entre Eros y Tanatos, el amor y la muerte, además de la pulsión y la represión.

Freud planteó que esos conflictos son causa y efecto de la permanente variabilidad interna de cada persona, lo cual hace que cada ser humano, además de ser distinto al del lado, nunca se adapta a su destino de ser mortal, ni tampoco se adapta al destino social de ser reprimido.

Como señala Edgar Morin “…la explotación del hombre por el hombre, situación en la que Marx había visto la llave y el cerrojo del problema de las relaciones humanas, no sólo corresponde a unas ciertas condiciones históricas dadas, sino que corresponde también a las estructuras neuróticas de cada uno y también a las relaciones neuróticas entre las personas, cosa que ya había señalado el perspicaz psicoanálisis que realizó Hegel de las relaciones amo-esclavo, donde el amo se entrega a la tarea de lograr su reconocimiento como sujeto-dios, planteando tal neurosis como algo inherente a la condición humana… Marx creyó que el hombre podía cortar con el nudo gordiano de la relación entre el amo y el esclavo, el de la explotación del hombre por el hombre en el plano de la propiedad de los medios de producción, cuando la realidad señala que este es sólo uno de los nudos del problema multidisciplinar y complejo del ser humano”.

Lamentablemente Freud nunca quiso ir más allá de sus investigaciones-reflexiones centradas en el individuo y nunca tomó en cuenta la característica de sujeto histórico de éste, como sí lo hizo Marx. Tampoco hubo esfuerzos rigurosos de los cientistas sociales para encontrar puentes o áreas comunes entre ambas teorías.

A partir de las conclusiones de esos dos grandes científicos, es posible, por ejemplo, empezar nuevas reflexiones señalando que el ser humano vive sometido de manera permanente a dos grandes problemas, la alienación producto del control y propiedad de unos pocos de los medios de producción y del poder que desde ese control surge, y al problema de su psiquis en permanente equilibrio-desequilibrio, donde prima uno u otro factor según las condiciones específicas que surgen en cada lugar y tiempo de vida.

Por otra parte, el actual conocimiento del cerebro humano demuestra que los procesos de observación que hacen las persona se desarrollan a partir de las señales que envían las cosas o fenómenos que llaman la atención, siendo en la práctica estas señales ondas electromagnéticas de muy variada longitud. También nos llegan partículas o moléculas que nos traen, por ejemplo, el olor de las cosas. La limitación objetiva, sin embargo, es que de cualquier o fenómeno u objeto somos capaces de recibir sólo una parte ínfima de las señales que emite, lo que dificulta por completo su comprensión total.

El estímulo que induce toda señal llega al cerebro, previo paso por nuestros órganos de los sentidos y, mediante procesos todavía no muy bien comprendidos, se toma conciencia de ellos. Para que esta toma de conciencia, además suponga nuevo conocimiento, es necesario que nuestro cerebro realice un permanente proceso de interpretación del estímulo. Pero esta interpretación es subjetiva y su calidad va a depender de la arquitectura genética del individuo, más la cultura, la historia, evolución y medio ambiente en que se ha desarrollado. Dicho en otras palabras, todo observador no sólo interpreta la realidad de manera distinta, sino que esa interpretación transforma a la persona en parte indisoluble de la realidad captada.

CONCLUSION Nº 3. La lucha de clases, como lucha entre dos polos de intereses antagónicos, explotados y explotadores, es uno de los motores de la Historia. Pero en esta dialéctica es urgente introducir el análisis de las condiciones según las cuales el ser humano puede ser o no ser sujeto activo de la transformación social, considerando que cada persona es un universo diferente y complejo. Y es la mente de cada persona, con sus capacidades y limitaciones, la que construye un esbozo de los fenómenos, conceptos, ideas y cosas que percibe, y también reacciona ante ellos con mayor o menor intensidad. Esto significa que el punto “a” que describe Marx en su carta a Weydemeyer, es por completo insuficiente y el PS debería, a mi juicio, profundizar mucho más en la dialéctica que relaciona las condiciones objetivas para el cambio, con las condiciones subjetivas, campo este último directamente relacionado con la elaboración y difusión de ideología, y que todos los gobiernos de la Concertación han entregado absolutamente al control de la derecha.

3. ACERCA DEL DETERMINISMO

Como ya se ha indicado, el pensamiento científico del siglo XIX y de los primeros años del siglo XX concebía el tiempo como una flecha cruzando pasado, presente, futuro, lo cual impregnó de una lógica determinista muchos de los constructos teóricos de esos tiempos.

El tiempo, como concepto a reflexionar, ha preocupado a los pensadores desde hace muchos siglos. Así por ejemplo, Aristóteles lo definió como la medida del movimiento de las cosas, en la perspectiva del antes y del después. El tiempo existe, decía él, sólo si hay cosas que se mueven o si existen acontecimientos. Para San Agustín, antes de que Dios crease el cielo, la tierra y el hombre, el tiempo no existía, ya que este implica pasado, presente y futuro. Por eso el tiempo existe en el espíritu del hombre porque ahí es donde está el presente, el pasado y el futuro.

Ambas conceptualizaciones filosóficas han estado en la base del desarrollo del pensamiento científico, tanto de las ciencias naturales (visión objetivista y mensurable del tiempo) y de las ciencias sociales (visión subjetivista del tiempo, sustentada en la introspección y en el análisis psicológico)

En el campo de las ciencias naturales, uno de sus más importantes exponentes, Isaac Newton, pensó el tiempo (y el espacio) como entes absolutos, en los cuales se desarrollan los fenómenos de la naturaleza, según leyes matemáticas, exactas y simples.

Esa visión fue superada el pasado siglo XX como producto del avance del conocimiento de las ciencias físicas. En efecto, el surgimiento de dos importantes teorías, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica derribaron la percepción científica decimonónica de absolutizar el espacio y el tiempo, de pensar que la naturaleza funciona según leyes simples, de considerar el tiempo como una flecha previsible en su transcurso, etc.

La primera demostró que la percepción del espacio y del tiempo depende del estado de movimiento del observador, aunque el contenido de las leyes de la física sea el mismo respecto de otro observador, y la segunda explicó la incertidumbre del comportamiento de los entes microscópicos que conforman la materia, que se caracteriza porque los valores iniciales de la posición y velocidad de un electrón no pueden ser medidos simultáneamente con total precisión, por lo tanto tampoco es posible determinar un único futuro para la partícula sino un conjunto de posibles futuros. Así, la conexión causal entre pasado, presente y futuro desaparece y debe ser sustituida sólo por probabilidades de posibles eventos. Señalemos también que hasta el día de hoy no se ha desarrollado una teoría suficientemente válida que permita deducir con precisión un futuro para esa partícula.

El pensamiento filosófico también ha variado profundamente desde las primeras conceptualizaciones griegas acerca del tiempo. Sólo a título de ejemplo señalaré a tres pensadores que, entre otros, han reflexionado profundamente sobre el tiempo: Emmanuel Kant, Martin Heidegger y Henri Bergson. Kant señaló que el tiempo es la forma subjetiva de aprehensión sensible de los fenómenos. A su vez, Heidegger vincula de modo intrínseco ser y tiempo finito, no existiendo para él ningún ser absoluto, atemporal e infinito. Por su parte, Bergson señala que el tiempo que constituye nuestra propia vida, no nos opone a un mundo subjetivo, por el contrario, este tiempo pone de manifiesto nuestra solidaridad con lo real. Se trata de reflexiones filosóficas, ambas, de enorme importancia en el desarrollo del conocimiento del ser humano acerca del tiempo.

En la perspectiva determinista, siempre el tiempo, ente en sí mismo, es esa flecha que viniendo del pasado, cruza el presente y se proyecta al futuro. El tiempo y las cosas es pensado como universalidad cósmica que impregna todas las cosas y todos los fenómenos que nacen, se desarrollan y desaparecen. Este tipo de descripciones alimentan y refuerzan el determinismo que subordina las determinaciones de la voluntad humana a voluntades superiores, sean éstas Dios, el Mercado o el Estado. En el fondo, la flecha del tiempo es aceptada como consecuencia de la incapacidad de la mente humana para aprehender la totalidad de un fenómeno o cosa de una sola vez, apareciendo así una flecha que es consecuencia de las sucesivas aproximaciones que nuestro cerebro introduce en la descripción y aprehensión de cosas y fenómenos.

Frente al determinismo, tal como he señalado antes, se ha estado elaborando otro corpus teórico que no piensa el tempo como flecha o como universalidad cósmica, sino como ente que está en el ser humano y las cosas, pero, simultáneamente, el ser humano y las cosas están en el tiempo. Es decir, el tiempo no tiene sentido fuera del pensamiento humano, en tanto en cuanto el ser humano y cosas son parte de organizaciones (genética, en el ser humano; planetaria, en el caso de la naturaleza; universal, en los fenómenos cósmicos) todas interrelacionadas entre sí, a través de la organización informacional-comunicacional.

El conjunto de todas ellas forma un todo dinámico temporal, siempre parcial y fragmentario en un instante determinado, en permanente reconstrucción y degradación, regenerándose sin cesar, inacabado siempre. De aquí se deduce que no existe tampoco el tiempo, sino que infinitos tiempos, por lo que el presente es resultado del cruce de múltiples determinaciones posibles y, consecuentemente, desde el presente pueden existir múltiples futuribles.

Como dicen Prigogine y Stengers ([3]) “el tiempo ya no es el centro de atención de los fenómenos inmutables; no son ya las situaciones estables y las permanencias lo que más nos interesa, sino las evoluciones, las crisis y las inestabilidades.

CONCLUSIÓN Nº 4. Las deducciones que se obtienen de construcciones teóricas que se basan en el determinismo causa-efecto, son parciales, incompletas y pueden llevar a errores. Debemos tener mucho cuidado, por lo tanto, cuando hagamos prospectivas de futuro, de no caer en el voluntarismo causa-efecto para nuestras propuestas políticas.

¿QUÉ SIGNIFICA HOY DÍA PENSAR SOCIALISTA?

Sólo a título de provocación para la reflexión interna propongo los siguientes significados.

SIGNIFICADO Nº 1. (Deducible de la Conclusión 1)

El pensamiento socialista tiene como raíces fundamentales: el manejo de la dialéctica; el reconocer la existencia de luchas de polos con intereses contrarios, siendo la lucha capitalismo-socialismo la fundamental; el identificar al ser humano, actor esencial de cualquier cambio, con sus complejidades, diferencias y niveles de desarrollo de su conciencia; la lucha permanente contra la alineación; la conciencia de que es posible alcanzar una sociedad socialista.

SIGNIFICADO Nº 2. (Deducible de la Conclusión 2)

La lucha por el cambio social debe tener diferentes formas, adecuadas a las distintas formas en que se organizan los grupos humanos y a las características específicas de éstos.

SIGNIFICADO Nº 3. (Deducible de la Conclusión 3)

La lucha por el cambio social no puede dejar de lado el desarrollo de las condiciones subjetivas, las que, contrariamente a lo que pensaba Marx, no son resultantes causa-efecto del desarrollo de las condiciones objetivas. El avance exponencial de las tecnologías de las comunicaciones y la información, controladas por el capitalismo, demuestra que se han dado las condiciones para que las condiciones subjetivas se autonomicen de las objetivas.

Se suma a lo anterior el que la mente humana presentas limitaciones objetivas para aprehender en forma holística los fenómenos de su entorno, por lo que la labor pedagógica-política-participativa del PS tiene que fortalecerse y desarrollarse de modo creciente.

SIGNIFICADO Nº 4. (Deducible de la Conclusión 4)

El pensamiento dialéctico debe ser repensado, despojándolo de la relación causa-efecto que impregna de voluntarismo muchas de las propuestas que hace el PS en sus congresos. Esto supone que el partido debe ser concebido como organización autopoiética ([4] ) en permanente elaboración de praxis política que ayude, no que se oponga como por desgracia hoy sucede, al cumplimiento de su razón histórica: construir la sociedad socialista

1. Qué es la holística
La holística alude a la tendencia que permite entender los eventos desde el punto de vista de las múltiples interacciones que los caracterizan; corresponde a una actitud integradora como también a una teoría explicativa que orienta hacia una comprensión contextual de los procesos, de los protagonistas y de sus contextos. La holística se refiere a la manera de ver las cosas enteras, en su totalidad, en su conjunto, en su complejidad, pues de esta forma se pueden apreciar interacciones, particularidades y procesos que por lo regular no se perciben si se estudian los aspectos que conforman el todo, por separado.

El pensamiento holístico implica la actitud abierta a la historia, a los acontecimientos, a percibir contextos, ideas y situaciones dentro de múltiples relaciones. El pensamiento holístico es relacional: está en posibilidad de integrar experiencias, relacionar conocimientos, vincular acciones, dimensiones, interpretaciones, inferencias, con trasfondos de posibilidades abiertas.
El pensamiento holístico pareciera caótico: está en permanente indagación, está abierto a la comprensión, está orientado hacia variadas interpretaciones y dispuesto a apreciar posibilidades, a percibir diferentes maneras de entender, de percibir el ser y las cosas. El caos se entiende como posibilidades abiertas, el contexto y la circunstancia metahistórica en el cual se pueden entender las cosas y en donde abstracción, realidades y procesos se relacionan.
Por eso el pensamiento holístico conduce a percibir los eventos con amplitud, con apertura, pues interpreta que la realidad es una y es compleja, es una pero múltiple, es el aquí y el ahora pero tiene una filiación histórica sorprendente: alude a lo pretérito pero avisora, a su vez, los tiempos por venir, y es trascendente.



[1] Entendiendo ideología como la particular manera como la realidad se refleja en la mente de cada cual.
[2] Morin, Edgar. (2002) Introducción a una política del hombre. Gedisa Editorial. Barcelona. España
[3] Prigogine, Ilya & Stengers, Isabelle. (1990) La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia. Alianza Editorial. Madrid, España.
[4] Autopoiesis: Capacidad de una organización para reproducirse de acuerdo a las condiciones de su entorno, manteniendo su identidad, y teniendo como elemento central de su accionar la información y el conocimiento.

jueves, 25 de octubre de 2007

Socialismo Siglo XXI: un camino, no un destino

“El trauma que en la izquierda provocó la derrota del modelo socialista eurosoviético, el auge del neoliberalismo y la pretensión de los países imperiales encabezados por Estados Unidos, que intenta aprovechar la globalización, relanza la idea de un movimiento de izquierda plural, que avance con la riqueza y la diversidad que emana de las diferentes enfoques y proyectos nacionales para confluir en una zona común, donde tiene lugar la confrontación con la hegemonía imperial y sus nefastas consecuencias...”

Tres reflexiones...

I.- Socialismo Real: lo que pudo ser y no fue;
II.- Cerrar el paréntesis;
III.- El Socialismo del futuro
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I SOCIALISMO REAL: LO QUE PUDO SER Y NO FUE
Antes que un programa político y una forma de gobierno, el Socialismo fue una audaz aventura del pensamiento. Una corriente ideológica alternativa al predominio de la doctrina liberal, surgida de la crítica al capitalismo salvaje desde los círculos de la intelectualidad europea avanzada.

A diferencia del Liberalismo y de otras grandes corrientes, en las cuales las reflexiones teóricas marcharon a la zaga de los fenómenos que las generaron, en este caso las relaciones mercantiles, las ideas socialistas fueron construcciones teóricas que precedieron a la sociedad socialista, la anticiparon, la anunciaron y la defendieron cuando todavía no existía.
Casi nunca se recuerda que en el siglo XIX cuando al capitalismo se sumaron las máquinas de la revolución industrial, hubo una expansión explosiva de la producción y un inaudito afán de ganancias. Los capitalistas que necesitaban masas de trabajadores asalariados los reclutaron entre los campesinos, mujeres y niños que en mugrientas fábricas y talleres, en extenuantes jornadas de trabajo, creaban enormes masas de mercancías y de dinero.
Comprometidos con el “laissez-faire” (dejar hacer) esencia del liberalismo económico, los Estados de entonces ampararon el comportamiento salvaje del capital, que hizo insoportable la vida de la clase obrera y sumamente impopular al capitalismo.
En una época en que no existían sindicatos ni partidos políticos, descolló una generación de intelectuales que, por cuenta propia, asumieron la critica ilustrada del régimen de producción vigente, entre ellos Carlos Marx, cuyos estudios no sólo ofrecieron una explicación científica a aquellos fenómenos, sino que avizoraron una solución al anunciar que, al ser portador de los gérmenes de su propia destrucción, el capitalismo era perecedero.
Uno de los grandes descubrimientos de entonces fue que el capitalismo no podía crecer sin hacer crecer e ilustrar a la clase obrera y que los trabajadores, no podían liberarse sin liberar a toda la sociedad.
Sin contar con medios de propaganda ni dinero y enfrentando a la reacción europea, Marx y el Socialismo se hicieron inmensamente populares.
La intelectualidad progresista de entonces y los lideres obreros que surgían eran todos socialistas, incluso el más brillante de todos los papas, León XIII, percatándose de la grandeza del momentos histórico y del significado que la desmedida explotación podía tener, escribió la más importante de las encíclicas sociales de la Iglesia: «Rerum Novarum», (de las cosas nuevas), en la cual reconoció la pertinencia del socialismo, dio la razón a Marx e instó al capitalismo a moderarse.
Carlos Marx fue más lejos todavía y, al fundamentar científicamente que el capitalismo, con todo y su derroche de crueldad, era una etapa imprescindible del desarrollo histórico, por cierto la más floreciente que había conocido el género humano, se hizo popular también entre los burgueses, en particular en los países más atrasados, para los cuales, como ocurría en Rusia, el desarrollo capitalista era una asignatura pendiente.
Eso explica que rápidamente «El Capital» fuera traducido a todas las lenguas europeas y al inglés y sustancia la afirmación de Antonio Gramsci acerca de que en Rusia, «El Capital», antes que un libro de los trabajadores fue un libro de la burguesía.
El socialismo era entonces la gran esperanza a tal punto que, aprovechando aquel clima ideológico y las condiciones objetivas creadas por la Primera Guerra Mundial, Lenin, Trotski y la vanguardia bolchevique, desplazaron del poder al gobierno provisional, creado tras la caída del zar y en la más audaz de todas las acciones políticas de la modernidad, en nombre de la clase obrera, tomaron el poder político en la sexta parte de la Tierra.
Tres circunstancias casi imposibles de vencer conspiraron contra el triunfo de aquella experiencia que dejó perpleja a la burguesía mundial: la contrarrevolución y la intervención extranjera, la muerte de Lenin y la inconsecuencia de los militantes revolucionarios personificada en Stalin.
No obstante, el socialismo era tan justo y pertinente que sobrevivió a todo aquello y apenas veinte años después, lo que había sido el bárbaro imperio de los zares, convertida en la Unión Soviética, enfrentó a la maquinaria bélica alemana que había puesto de rodillas a la Europa capitalista, humillado a la orgullosa Francia haciéndola capitular y ocupándola y puso a Inglaterra al borde del colapso.
Franklin D. Roosevelt, el más competente de todos los políticos norteamericanos, comprendió que sin aquella fuerza formidable no era posible derrotar al fascismo y pactó con Stalin.
La muerte de Stalin en 1953 y la honesta y lúcida determinación con que el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética criticó sus errores, ofrecieron una oportunidad para la rectificación, cosa que la burocracia instalada en el Kremlin y en el partido no permitió.
En el escenario aparecieron fenómenos nuevos, entre ellos el movimiento de liberación nacional, el hundimiento del sistema colonial del imperialismo y el crecimiento del nacionalismo afroasiático con fuertes tendencias socialistas y sobre todo la Revolución Cubana, procesos que en conjunto, al prestigiar el socialismo de hecho, aplazaron la debacle.
Nikita Kruschov, Secretario General del PCUS entre 1953 y 1964, cumplió su papel al denunciar a Stalin e intentar cambios al interior del país y en la política exterior, que de cierto modo, relanzaron el socialismo, proceso frustrado con la llegada al poder de Leonid Brezhnev, que si bien acompañó las mutaciones originadas por el debut en Europa de una generación de políticos jóvenes y pragmáticos y asimiló las primeras maniobras norteamericanas relacionadas con el control de armas, sumió a la Unión Soviética en el más rotundo inmovilismo.
En realidad, culpar a Stalin del desastre es tan injusto como exonerarlo. Lo cierto es que entre su muerte y el fin de la URSS hubo tiempo y oportunidades para rectificar. Faltó valentía y audacia política y altura para asumir los retos del cambio. Las elites y la burocracia instalada en el poder no son suicidas y las de la Unión Soviética no eran una excepción.
Pese a todo, las ideas socialistas siguen vigentes y las oportunidades están abiertas. Chávez avanza con un Socialismo cristiano y bolivariano y Correa plantea una revolución ciudadana, Cuba se mira hacía adentro y relanza un proyecto ya consolidado y la idea de un socialismo indigenista puede ser retomada, opciones no faltan.
El socialismo que no es cosa del pasado sino, del porvenir, puede crecer en ambientes en el que convivan todas las formas de propiedad, la ética y la moral cristianas, los derechos ciudadanos, incluso fuertes dosis de liberalismo económico.
Lo que está probado es que no admite es el dogmatismo, la exclusividad ideológica y la burocratización.

II CERRAR EL PARÉNTESIS
Al plantearse un socialismo para el siglo XXI, Chávez sintoniza las tareas inmediatas de la Revolución Bolivariana con una estrategia de largo aliento. La vanguardia ecuatoriana hace lo mismo con su Revolución Ciudadana y en Bolivia se libra una batalla que al sumar y movilizar las potencialidades de los pueblos originarios, puede trascender el poder político inmediato e incluso las fronteras nacionales.
En realidad, no podía ser de otra manera. El inmovilismo disfrazado de estabilidad es la opción conservadora de la «entente cordial», que sostiene a la oligarquía latinoamericana; mientras que los representantes populares no tienen otra opción que proyectarse. Al menos en el sentido ideológico y político, el pasado es un referente, no un paradigma; un legado no un programa.

En tiempos de Carlos Marx, también existía un pasado socialista que formó parte de su herencia cultural y que tal vez lo inspiró, pero no podía servirle de modelo. Aunque pudieran haberlo hecho, no fueron Hugo Chávez, Rafael Correa ni Evo Morales, sino Carlos Marx quien, en el «XVIII Brumario de Luis Bonaparte», examinando un momento de cambio en la sociedad francesa, sentenció que: “La revolución social…no puede sacar su poesía del pasado…”
El fondo de la problemática actual es que, como mismo les ocurrió a los europeos en la posguerra, la lucha contra la pobreza y el bienestar de las mayorías que, en el caso de América Latina incluye la eliminación del subdesarrollo y el fin de la dependencia, implica la adopción de un modelo de progreso global que al sumar a las mayorías y movilizar los principales recursos del país, conduce a enfoques de socialistas.
Un cometido de tal naturaleza, incluye la democratización de sociedades hasta ahora regidas por Estados esencialmente autoritarios y gobernadas mediante sistemas políticos controlados por las oligarquías y las burguesías nativas, dependientes del capital transnacional y políticamente sometidas a la hegemonía norteamericana.
Para alcanzar ese cometido no basta con sustituir gobernantes e intentar hacer que las instituciones tradicionales, controladas por elementos afines a las elites dominantes, funcionen con criterios nuevos, cosa imposible dado la enconada resistencia de las clases a las que es preciso derrotar, reforzadas por un poderoso respaldo externo.
Los líderes que promueven el cambio en América Latina, están en el camino de hilvanar un discurso político honesto y popular, con la suficiente flexibilidad y capacidad de convocatoria como para atraer a la parte de la población que medra en la periferia de las elites gobernantes y aquellos que dominados por temores y prejuicios temen al cambio y lograr un consenso nacional, no sólo mayoritario, sino permanente.
De ese modo podrán, como ya lo hacen, paralizar y desarmar la contrarrevolución interna, neutralizar el poder mediático, lidiar con las autoridades judiciales y electorales y sumar a sectores que en el pasado fueron sostén de la oligarquía como son las fuerzas armadas, los cuerpos policíacos, los órganos de seguridad y la burocracia estatal, sin descuidar al sector académico, la intelectualidad, así como la jerarquía eclesiástica.
La revolución latinoamericana en marcha no ha necesitado contraer compromisos doctrinarios ni colorearse políticamente pues de lo que se trata es de un empeño por modernizar y democratizar las respectivas sociedades y poner fin al elitismo en la política, dejando definitivamente atrás la exclusión de las mayorías.
El socialismo eurosoviético fue un proyecto en cuyo enfrentamiento el imperialismo, la reacción y las oligarquías se emplearon a fondo durante casi un siglo y en torno al cual, valiéndose de tácticas de guerra sicológica y de manipulación de las mentes, exacerbaron las pasiones y crearon prejuicios que de alguna manera fueron incorporados a la cultura y a las estructuras ideológicas de las sociedades contemporáneas.
Al proyectarse hacía el futuro y buscar en las ideas socialistas más puras y originales los argumentos y las herramientas para formular los programas políticos avanzados de que son ponentes, las actuales vanguardias latinoamericanas evidencian talento y madurez.
El conocimiento de la fallida experiencia del Socialismo Real, con la cual los actuales liderazgos no tuvieron relación ni compromiso alguno, más que un paréntesis, es parte del difícil aprendizaje, imprescindible para acometer con ópticas propias y métodos actualizados las transformaciones estructurales que se requieren para construir, desde la realidad actual, sociedades modernas, progresistas y justas.
El Socialismo del siglo XXI no es otra puesta en escena. Es un estreno.

III EL SOCIALISMO DEL FUTURO
Tiempo atrás, en un debate político, un circunstante acudió a un argumento en el que los demás no habíamos reparado:
“¿Alguna vez han escuchado a Fidel Castro criticar a la izquierda? Él nada más critica a la derecha. Les digo más ─ insistió ─ prefiere términos como revolucionario, patriota, pueblo, masa y otros parecidos. Raras veces acude a los conceptos de la jerga sectaria. Fidel sabe que las palabras unen”.
Desde entonces, siempre que puedo, al reflexionar sobre la unidad, acudo a la naturaleza integradora de las categorías de patriota y revolucionario, la de izquierda que no es tan mala, desune y las cosas se complican cuando ser materialista o idealista, creyente o ateo, marxista o no, más que diferencia, significa confrontación.

En los años noventa, cuando la caída de la Unión Soviética además de los dramáticos problemas materiales y políticos a escala del proceso revolucionario, generaba enormes tensiones morales en los militantes que asistíamos a la caída de referentes teóricos y de paradigmas ideológicos, especulamos acerca de que quizás, del desastre surgiría un punto de partida.
Para quienes asumimos que las ideas de Carlos Marx no habían muerto como no mueren las de Freud, Newton o Einstein porque la ciencia carece de colores y la verdad es siempre concreta; toda la izquierda es de algún modo socialista y todos los socialistas son, de alguna manera, marxistas.
La tesis es fácilmente verificable, dado que el pasado marxista de la socialdemocracia y del movimiento socialcristiano está solidamente documentado. Todos los socialistas, reformistas o radicales, le deben algo a Marx, como mismo le debemos a Adam Smith y a Keynes. Los sociólogos y economistas de cualquier corriente son naturalmente una combinación de marxista y liberales. Marx lo mismo puede ser asumido como el último economista clásico que como el primero marxista.
No es inconsecuencia, es dialéctica.
La Iglesia también bebió de las fuentes del marxismo, como lo hizo Marx de las enseñanzas de todos los grandes sistemas teológicos. León XIII, sociológicamente hablando, el más brillante de los Papas y el único que fue contemporáneo con Marx, sacudió la costra medieval de la Iglesia, dio organicidad a la doctrina social del catolicismo, organizó a los laicos e impulsó las organizaciones políticas, obreras y estudiantiles de inspiración cristiana y permitió la creación de los partidos socialcristianos. La encíclica «Rerum Novarum», es a la teología lo que «El Capital» es a la Economía.
La oposición entre marxistas y socialistas, es un fenómeno del siglo XX, un asunto lamentable más que un triunfo político, un proceso derivado de las posiciones políticas más que de las preferencias doctrinarias.
La única tarea organizativa ligada a la política emprendida por Carlos Marx y a la que dedicó alrededor de cinco años, fue el más plural, diverso y coherente de los proyectos internacionales formulados por los socialistas de todos los tiempos: la Organización Internacional de Trabajadores, proceso que encabezó y al que sumó a importantes representantes de la intelectualidad de la época, identificados por la critica a la despiadada explotación del capitalismo de entonces.
En esa época, cuando los partidos políticos y los sindicatos daban los primeros pasos y la teoría revolucionaria que se gestaba por medio del debate intenso, fecundo y plural y, en lugar de separar unía, Marx fue uno de los catalizadores de aquel magno proyecto unitario.
En 1789 en Paris se creó la II Internacional, que no era ya una organización obrera sino política y que no pudo evadir los avatares de esa condición.
La actitud ante la Primera Guerra Mundial marcó la diferencia y con el triunfo bolchevique, el auge de la contrarrevolución, la agresión extranjera y la falta de solidaridad de los partidos socialdemócratas europeos, las diferencias entre socialistas y comunistas, se volvieron insalvables.
La obligada radicalización de la Revolución Rusa, las deformaciones del stalinismo, las tensiones de la lucha antifascista y las diferencias acerca de cómo proceder en los países de Europa Oriental, crearon un abismo que duró hasta la desaparición de la Unión Soviética.
El trauma que en la izquierda provocó la derrota del modelo socialista eurosoviético, el auge del neoliberalismo y la pretensión de los países imperiales encabezados por Estados Unidos, que intenta aprovechar la globalización, relanza la idea de un movimiento de izquierda plural, que avance con la riqueza y la diversidad que emana de las diferentes enfoques y proyectos nacionales para confluir en una zona común, donde tiene lugar la confrontación con la hegemonía imperial y sus nefastas consecuencias.
Tal vez de la mano de nuevos liderazgos sin compromisos doctrinarios ni pasado sectario, comprometidos con la lucha por el desarrollo y contra la pobreza, la exclusión y el sometimiento se pueda transitar hacía una nueva etapa.
Es probable que de Chávez, Correa, Evo, incluso Lula y hasta la pareja del momento que gobierna en Argentina, venga una unidad que no es necesariamente orgánica ni ideológica, sino programática y que permitiría, construir una plataforma de ancha base en la que caben todos los que creen que un mundo mejor es posible.
Relanzar el socialismo y proyectarlo en el siglo XXI significa asumirlo como un camino y no como un destino. No se trata a donde se llega, sino hacía donde se avanza.
“Amarnos ─, decía el poeta ─ no es mirarnos unos a otros, sino mirar en la misma dirección.”

Jorge Gómez Barata
Profesor, investigador y periodista cubano, autor de numerosos estudios sobre EEUU

jueves, 18 de octubre de 2007

Nuevos requerimientos para la conducción de masas

Experiencias de ayer e ideas para hoy
Por Manuel Solis

En la década de los 80, en unos locales del barrio puerto de Valparaíso, clandestinamente se reunían algunos activistas políticos y sociales para fortalecer y reactivar las entidades populares.
Estos tenían meridiana claridad de las dificultades que tenían las organizaciones populares para difundir las ideas en pos de una auténtica democracia e informar, con documentos probatorios prohibidos por Pinochet, el daño económico-social y las violaciones a los derechos humanos que había provocado la dictadura militar fascista.

Había que hacer algo

Utilizando creatividad, influencia de amigos y algunos medios, este grupo obtuvo algunas herramientas, para reconfeccionar algunos documentos de utilidad. Copias de estos ejemplares, impresos en una antigua impresora de “matriz de punto”recorrian la región, siendo de valiosa ayuda en la educación para la reorganización sindical, social y partidaria.

Contando con escasos medios técnicos, de una u otra manera se hacían esfuerzos para mantener atendida e informada a las organizaciones sindicales, sociales y políticas perseguidas..Con la ayuda de amigos que facilitaban sus vehículos, se recorrían barrios y organizaciones sindicales con un pesado proyector de video en pantalla gigante, exhibiendo documentos visuales de las atrocidades de la dictadura y películas alternativas censuradas por el sistema.
Se confeccionaron diversos micromedios que rescataban experiencias pasadas y la memoria histórica de Chile, en particular aquellos que hacían un repaso de los avances del movimiento popular hasta 1973, en alguno de ellos se lee:

“ Los fundadores del movimiento obrero chileno no surgieron por azar, fueron el producto de su época , enraizados en su gente, vinculados estrechamente a las organizaciones que el pueblo se había forjado, la labor primera y principal de estos fue la de transformarse en organizadores, educadores y conductores
Luis Emilio Recabarren fundador del movimiento obrero clasista, personalmente se preocupó que las organizaciones contaran con periódicos impresos y crearan grupos culturales como medios de comunicación y educación popular, que estimulaban la participación política y la lucha social.
Estos y otros métodos de trabajo y conducción, permitieron que crecieran las organizaciones populares en cantidad y calidad y se multiplicasen las bases objetivas y subjetivas para que el pueblo chileno conquistase un gobierno popular con Salvador Allende en 1970.

Ante el ascenso de los movimientos populares en América Latina y el descrédito que iba cayendo el imperialismo norteamericano y el sistema imperante, las oligarquías criollas en alianza con las trasnacionales reaccionan violentamente y utilizan las fuerzas armadas para una feroz embestida contra los pueblos latinoamericanos.
En Chile provocan el golpe de estado en 1973, siendo la tarea primera de los golpistas destruir las organizaciones populares, principalmente las obreras, para así cortar la savia que alimenta la conciencia democrática de Chile.
Durante casi dos décadas en Chile se mantiene un estado de terror, se lava el cerebro a la inmensa mayoría del pueblo, se margina a este de la participación política, se desacredita el papel social del hombre y en los hechos se impide su comportamiento colectivo. Una generación no tiene acceso a la experiencia social y son conducidos al más aberrante de los individualismos, llevando al exterminio a las organizaciones sindicales y comunitarias.

Los últimos acontecimientos sociales y políticos mundiales nos indican que, la clase dominante, ante la pregunta de cómo ganarse la conciencia de la mayoría de la sociedad para mantener la situación existente, aplican las dos tácticas que históricamente le han dado buenos dividendos:
Una “por las buenas” mediante la penetración ideológica (educación, cultura, sectas religiosas y medios de comunicación alienantes) y otra “por la mala” (represión policial y militar, dictaduras, daño social con alcohol, drogas, envilecimiento social, etc.).

Conspira a mantener la situación, el hecho que muchas de las entidades que pudieran hacerle frente al actual poder se encuentran deterioradas y han sido presa fácil de dirigentes autoritarios, serviles a los políticos del sistema imperante y de sectarios de diverso pelaje.
Esto no es casual, la dictadura militar en su propósito de implantar el actual sistema, aplastó la conciencia social y tomó las medidas para impedir su futuro desarrollo, clausuró o intervino por la fuerza las organizaciones populares y hoy la clase económica y política dominante, con métodos más refinados, cumple los mismos objetivos.
¿Cómo el sistema consigue mantener su orden?.
Domesticando ideológicamente a millones de chilenos, manipulando su conciencia e impidiendo el surgimiento de individuos críticos, fraternos y decididos a luchar por una mejor vida para todos.
El sometimiento ideológico lo logran mediante el uso y abuso de los medios de comunicación, del sistema educacional vigente; apoyando la proliferación de sectas religiosas, esotéricas y otras instituciones cuyo objetivo es apartar a las masas de sus problemas y la búsqueda de soluciones reales.
El sometimiento no tan sólo es ideológico
Someten a sus enemigos de clase mediante una penetrante propaganda consumista y al endeudamiento masivo utilizando refinados métodos inductores para el consumo indiscriminado de artículos y de alcohol y drogas, la realización de grandes espectáculos masivos de discutible calidad cultural, artística o deportiva forman parte de los modernos métodos de alienación de masas." (*)

Esto lo podemos revertir si tenemos presente nuestra historia.
Los hombres y mujeres críticos y alternativos a los sistemas despóticos e injustos, se formaban en los espacios y eventos de sindicatos, juntas de vecinos, partidos clasistas y otras entidades, en esas organizaciones adquirían teoría y práctica, conocían de su historia, de los adelantos de la humanidad y afinaban sus métodos de lucha.
La situación ha cambiado y urge revertirla en las nuevas condiciones.
Son una minoría los chilenos y chilenas que participan en organizaciones populares, menos son los que tienen conciencia de lo que representan o pueden representar dichas entidades y aún son menos los que promueven la gestación y desarrollo de las instituciones del pueblo.

Gracias al avance científico-tecnológico en materia de enseñanza, la humanidad cuenta con métodos que permiten, en poco tiempo, entregar los conocimientos que a los antiguos dirigentes populares les significaba años de práctica.
Métodos de conducción de masas, de comunicación popular y otras, hoy son materia de estudio y sistematización y están presentes en muchas cátedras universitarias. Con muchos recursos y eficiencia estos temas son dictados a una minoría en universidades e institutos de la clase dominante, los que posteriormente son utilizados por sus egresados líderes en el proceso de dominación y sometimiento ideológico.

Cuando los participantes y líderes honestos de las actuales organizaciones populares sepan aprovechar lo que se ha logrado en materia de educación, se podrán generar asociados y dirigentes mejor capacitados.
Para ello se requiere organizar, convencer, ayudarse con aquellos experimentados, rodearse de profesionales o contratarlos si fuese necesario, para que doten a los miles de potenciales líderes populares con las herramientas para convencer y conducir.

¿Cuántos participan en las organizaciones sociales, cuántos con su palabra influyen positivamente en esas instituciones.?
Parece que son muy pocos, hay un temor generalizado en la participación de masas, no es sólo por la falta de conciencia, sino por la falta de herramientas cognoscitivas para hacerse entender y ganar voluntades.

A menos que hayan interesados en lo contrario, no existe la menor duda que para obtener la democracia plena se requiere rehacer el camino truncado en 1973, los trabajadores y el pueblo deben reorganizarse y adquirir conocimiento de las antiguas y nuevas experiencias, incorporar las nuevas herramientas para impedir que se repitan derrotas como la sufrida en 1973. no basta tener ideas e ideales, debemos hacernos de las técnicas adecuadas para realizarlas.

<<..., desde el principio, éramos de opinión de que “la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos”, ..>>

Federico Engels
Prefacio a la edición inglesa de 1888
Manifiesto Comunista


(*) M.Solis. Un análisis a la actual situación político social - Monografía 1995 -Valparaíso

miércoles, 17 de octubre de 2007

Cómo la televisión formatea nuestras mentes

Si bien el telespectador actual pone cada vez más atención al tratamiento de ciertas noticias en particular en los noticieros de televisión, lo cierto es que raramente se cuestiona la estructura misma de este tipo de programa. Sin embargo, para Pierre Mellet, la forma es el fondo, en este caso: concebido como un rito, el desarrollo del noticiero televisivo es en sí toda una pedagogía, es en sí mismo una forma de propaganda que nos enseña a someternos al mundo que nos muestran y que pretenden hacernos aprender pero cuya comprensión tratan de impedirnos, al tiempo que tratan de impedirnos también, que pensemos ese mundo.

Propaganda es lo que hacen los demás
Cómo la estructura ritual del noticiero de televisión formatea nuestras mentes
por Pierre Mellet

El noticiero de televisión es el corazón de la información contemporánea. Este espacio, que hoy constituye la principal fuente de información de una gran parte de los franceses, comenzó siendo, en la Francia de 1949, un simple subproducto conformado con imágenes que la casa Gaumont y las Actualités Françaises no habían querido proyectar en las salas cinematográficas. Fue, al principio, un simple desfile de imágenes acompañadas de un comentario sonoro. El «presentador» no se sentó ante el telespectador hasta 1954, cuando el noticiero televisivo fijó su horario, a las 20 horas, o sea las 8 p.m. A partir de entonces, la puesta en escena del noticiero de televisión se ha ido incrementando constantemente durante todos estos años mientras que la información ha quedado marginada –si alguna vez estuvo realmente presente– para convertir este teatro no ya en un noticiero sino en un espectáculo ritualizado, en una ceremonia litúrgica. La función del noticiero de las 8 p.m. no es informar, en el sentido de establecer un esfuerzo de comprensión de mundo, sino divertir a los telespectadores, al tiempo que les recuerda aquello que deben saber.

El siguiente análisis se basa en los dos principales noticieros televisivos que se transmiten en Francia a la 8 p.m., el del canal TFI y el de France 2, pero puede, en muchos aspectos, tener muchas similitudes con los noticieros de televisión de otros países, principalmente en «Occidente».

El contexto
Con su horario de las 8 p.m., el noticiero de televisión se ha convertido, como lo fue la misa en su época, en la cita de toda la sociedad (aunque cada uno está en su casa). Se trata, paradójicamente, de un espacio esencial de socialización. Cada cual descubre cada noche el mundo en el que vive, y puede a partir de ese momento hablarle de ese mundo a quienes le rodean, discutir sobre los temas del momento con seguridad en cuanto a la importancia de estos, por el hecho mismo de que fueron mencionados en «el noticiero de televisión». Todo está montado, preparado de antemano, como un ritual religioso: el horario fijo, la duración (unos 40 minutos), el presentador-sacerdote inamovible, o casi inamovible, el tono incómodo, serio, distante, casi objetivo, pero nunca verdaderamente neutro, las imágenes seleccionadas, el orden jerárquico de las noticias. Como en todo ritual, lo mismo vuelve permanentemente, y se integra alrededor de una aparente evolución cotidiana. En los mismos horarios se anuncian las mismas historias, contadas por los mismos reportajes, introducidas y comentadas con las mismas palabras, poniendo en pantalla a los mismos personajes, ilustradas con las mismas imágenes. Se trata de un ciclo sin fin y sin fondo.

En la apertura, la presentación introduce una música abstracta que sugiere la mezcla del tiempo que pasa, la precipitación de los hechos, y una forma de intemporal necesaria en toda ceremonia mística. Mientras se oye la música, un globo antecede a la aparición del presentador, o un travelling hacia éste último lo pasar de la sombra a la luz. Todo sucede como si nos fueran a revelar la verdad del mundo.

El presentador hace el papel de guía y de autentificador. Personaje principal y trascendental, el presentador está en el centro mismo del dispositivo de credibilidad del noticiero de las 8 p.m. La noticia nos llega a través de él, también es él quien la legitima, le confiere importancia y la da como «verdadera». Es también el presentador quien puede tranquilizar al telespectador: si el mundo va mal y parece completamente indescifrable, el presentador es «el que sabe» y el que nos lo puede explicar.

(En otros casos, los presentadores son dos. La relación con el telespectador se hace entonces muchos menos profesoral y paternalista, pero más parecida a la conversación, y puede parecer más frívola. Claro está, no tendremos nunca dos presentadoras, o dos presentadoras, sino siempre un dúo heterosexual. El asunto es no asustar a la representación de la familia burguesa cristiana. Como ese tipo de puesta en escena resulta poco frecuente en Francia, no abundaremos en ese sentido).

Credibilidad e información
«Señoras y señores, veamos los titulares de la actualidad de este lunes 6 de agosto», nos dice el presentador al principio de cada noticiero. Por consiguiente, no se trata de un sumario, de una selección que la redacción ha hecho entre la información del día, sino de los «titulares de la actualidad», o sea que se trata precisamente de lo que hay que saber sobre el mundo en este día. No hay nada que entender, el «periodismo» no busca más que enseñarnos el mundo [en el sentido de aprender]. El presentador no da ninguna clave, él no descifra nada, solamente nos dice lo que es. No se nos presenta una «visión» de la actualidad sino la Actualidad misma.

A partir de ahí, lo importante para el presentador es «aparentar». Su credibilidad no está basada en su calidad de periodista sino en su carisma, en la empatía que logra crear, en su manera de tranquilizar y su apariencia de hombre honesto e inteligente. David Pujadas puede perfectamente anunciar que Alain Juppé se retira de la vida política y Patrick Poivre d’Arvor nos puede presentar una falsa entrevista de Fidel Castro [El autor menciona aquí dos incidentes que realmente sucedieron. Nota del Traductor.]. A pesar de ello, los mantienen en el mismo puesto, con el apoyo de sus superiores, y sin perder por ello su estatus como «periodista» [1] ni su credibilidad ante el público. Todo sucede como si las noticias que nos entregan finalmente no tuvieran importancia. La noticia está ahí únicamente para justificar el ritual, como la lectura de los Evangelios en la misa, sin ser nunca la razón central, el núcleo, que en realidad está siempre en otra parte, en la repetición constante de las consignas morales, políticas y económicas del momento. «Este es el Bien, este es el Mal», nos dice el presentador.

La jerarquía de la información es por tanto inexistente. Aunque una de las primeras cosas que se hace en todo «diario» es determinar los temas que parecen más importantes para tratar de establecer un desarrollo (específico en cada redacción) de la información en orden decreciente, de lo importante a lo insignificante, en el noticiero no es así, ni en lo más mínimo. Nos llevan de los restos mortales del cardenal Lustiger al accidente de la Feria des Loges, y después viene el desenlace del caso del secuestro del pequeño Alexandre en la isla de la Reunión, seguido del suicidio de un agricultor ante las acciones de los militantes antiOGM, para pasar después al subsidio de inicio del curso escolar, a la espeleóloga belga atrapada en una cueva, la campaña electoral antiestadounidense entre los demócratas, la intervención de Reporteros Sin Fronteras que denuncia la falta de libertad de expresión en China, la propia China como destino turístico, el despido de Laure Manaudou, un accidente durante una carrera en Estados Unidos, el festival Fiesta de Sete, el fallecimiento del periodista Henri Amouroux y, para terminar, el del barón Elie de Rothschild [2]. No existe ni la más mínima coherencia, en ningún momento. Los temas parecen haber sido escogidos únicamente en función de su insignificancia casi generalizada, o de su aparente insignificancia. Todo aparece mezclado, amor y odio, risas y llantos, la empatía se mezcla con la grandilocuencia, las imágenes espectaculares o risibles con los dramas patéticos, y la omnipresencia de la fatalidad nos recuerda constantemente el predominio de la muerte sobre la vida.

El reportaje
Después de los «titulares» anunciados, el presentador pasa a la introducción del reportaje. El reportaje es el ejemplo que nos demuestra lo que el presentador nos dice. En efecto, todo lo que será dicho y demostrado en el reportaje aparece ya en la introducción del mismo. El presentador resume constantemente, en vez de limitarse –como debiera hacerlo– a presentar. Esto crea una redundancia. Lo que ya se ha dicho una vez en forma de introducción se repite después sistemáticamente en el reportaje. Se enuncian las mismas informaciones, resumidas la primera vez y la segunda alargadas para la elaboración de la historia que se cuenta. El reportaje agrega muy poco a lo ya dicho por el presentador, no hace más que desarrollar los detalles anodinos que sirven de contrapeso a «la objetividad» del presentador creando el «acercamiento». A los elementos iniciales, mencionados en la introducción, se agregan después en la historia los detallitos románticos necesarios para concretar su enseñanza lúdica.

El reportaje se compone de dos cosas: la imagen y el comentario de la imagen. Si quitamos el sonido, la imagen pierde todo su significado. Todo tendría que estar basado en la imagen, pero lo que se produce en la televisión es precisamente lo contrario: el comentario nos cuenta lo que la imagen no hace más que ilustrar. Esta última está ahí solamente para realzar el comentario. Es una sucesión de paisajes similares, de rostros y gestos intercambiables, pegados uno detrás del otro y sin vínculo alguno entre sí. En la televisión, la imagen sólo sirve para justificar el comentario, para autentificarlo. La imagen permite que el comentario parezca «verdad». Y se lo permite precisamente porque, al no decir nada la imagen por sí misma, el comentario la transforma en aquello que nos dice el comentario. Y es ahí precisamente donde reside el verdadero peligro de este medio. Al tener la imagen una fuerza de convicción muy importante, es más fácil convencer cuando, luego de haber despojado la imagen de todo su sentido, usted la convierte en prueba que autentifica el discurso. A partir de ahí, todo se basa en el comentario, y en el carácter creíble de la historia que nos van a contar.

«En el reportaje, señala el antropólogo Stephane Breton, el comentario es lo que nos soplan desde los bastidores, ese submundo prohibido al telespectador (…) y del que brota, como una revelación, un sentido que se impone a la imagen. La significación no aparece en la escena sino fuera de ella, cuando la dice alguien que sabe» [3]. El periodista no aparece sino muy raramente, al final del reportaje. Oímos, por tanto, una voz despersonificada. Se trata de una palabra divina que se nos impone para explicarnos aquello que no entenderíamos mirando solamente las imágenes. Al no haber interlocutor, no hay contradicción. El reportaje es como un hilo que se desenrolla siguiendo una lógica propia, la que el periodista quiere que nos aprendamos, aquella en la que los «testigos» aparecen uno detrás de otro únicamente para acreditar la palabra que de todas maneras ya nos dijo lo que ellos han de explicarnos. Como mismo sucede con la introducción, la redundancia es constante en el reportaje. Todo «testigo» es presentado no según su función, ni con el objetivo de justificar su lugar en el reportaje en ese preciso momento, sino en dependencia de lo que va a decirnos. Y la palabra del «testigo» acredita el comentario dando un punto de vista necesariamente «verdadero». «Si él lo dice, así debe ser». Y muy a menudo, el «testigo» no tiene absolutamente nada que decir, pero de todas maneras lo dice porque el periodista tiene que dar prueba de su objetividad y de la autenticidad de su reportaje, de su investigación, demostrando que realmente estuvo en el lugar y que por tanto puede hacer que veamos lo que es.

El reportaje, en el noticiero de televisión, no es la realización de una investigación que explora diferentes pistas sino el relato de un hecho cualquiera mostrado como algo fundamental. Es una visión del mundo sin otra alternativa, que trata de dar una apariencia de objetividad. El presentador dice lo que es, y el reportaje lo muestra. Y es ahí precisamente que la imagen peca por su falta de sentido, y que el comentario parece convertirse en palabra divina. «He aquí el mundo», nos dice el presentador, «y he aquí la prueba», continúa el reportaje. Y ¿cómo poner en duda la prueba si nos la ponen ante nuestros asombrados ojos? La realidad se construye entonces sobre la anécdota, en vez de construirse sobre un conjunto de hechos más o menos contradictorios que permitan mirar una situación en un intento de tener de ella una visión global para poder dar después un análisis.

Las consignas
Todo esto se relaciona con la lógica de difusión de la moral. El noticiero de televisión, como casi todos los medios, es un órgano de difusión de las consignas del momento. Nunca discute el sistema, parece como si ni siquiera conociera su existencia, pero destila constantemente las órdenes de la clase dominante. El noticiero de televisión forma parte de ese «servicio público», al que se refiere Guy Debord en sus Commentaires sur la société du spectacle[Comentarios sobre la sociedad del espectáculo. Nota del Traductor.], «que [administra] con un “profesionalismo” imparcial la nueva riqueza de la comunicación de todos mediante los medios masivos de difusión, comunicación que ha alcanzado al fin la pureza unilateral, en la que se no obliga a admirar pasivamente la decisión ya tomada. Lo que nos comunican son órdenes; y, muy armoniosamente, quienes han impartido esas órdenes son precisamente los mismos que nos dirán lo que piensan de ellas» [4] .

El noticiero de las 8 p.m., surgido de una sociedad en la que se ha destruido la memoria, transmite las consignas, como en toda forma de acondicionamiento, mediante la repetición permanente y cotidiana. Las historias que nos cuentan parecen diferentes entre sí, cuando en realidad son todas similares. Todo en ellas se repite, noche tras noche, constantemente, y a todos los niveles. Sólo cambian los nombres y los rostros. Pero la película es siempre idéntica. Nos muestran un presente perpetuo y que permite ocultar todos los movimientos del poder. Si ya no se muestran las evoluciones, es porque ya no tienen vigencia. El noticiero de televisión divulga por tanto la moral burguesa (cristiana y capitalista) en un bloque compacto. Es un vómito largo y lento que se escurre, diluido y diseminado durante toda la duración del noticiero de las 8 p.m. Y que comprende varias formas de difusión:

La acusación. Es constante, y generalmente la enuncian los «testigos», lo cual permite hacerle creer al periodista que ha mostrado una «opinión» y que por tanto ha presentado una visión objetiva de la situación. Un incendio destruye una casa, y es porque los bomberos deberían haber llegado antes. Un violador ha salido de prisión porque tenía derecho a una reducción de la condena, y es porque la justicia no funciona bien. Un gobierno se niega a plegarse al ultimátum de Occidente, y se trata de una dictadura, de un país subdesarrollado donde se mezclan la estupidez y la barbarie, y, mejor aún, donde la censura amordaza a los opositores, que a su vez están necesariamente de acuerdo con los puntos de vista de Occidente pero no lo pueden decir. El objetivo es siempre encontrar alguien a quien condenar para recordar lo que está «bien» y lo que está «mal» y poder aplicar toda la semántica cristiana del «perdón», de la «decadencia», etc.

La evidencia. Utilizada sobre todo para zanjar sin discusión las cuestiones económicas, esta consiste en divulgar los dogmas o las decisiones gubernamentales sin ponerlas jamás en tela de juicio. Este es el caso, por ejemplo, del «crecimiento», que constituye siempre la vía necesaria para la supervivencia que nunca se pone en tela de juicio y cuyas cifras nos anuncia el presentador con cara de catástrofe: «el crecimiento será sólo de 1,2% este año, según los expertos»...

La hagiografía. Al igual que la misa, el noticiero de televisión tiene que hablar de sus santos. Así nos ofrecen el retrato de alguien que «ha triunfado», ya sea porque acaba de fallecer, porque «ha ganado en todo», porque «se hizo a sí mismo», etc. Es el prisma de la excepción que establece el modelo a seguir suscitando admiración y respeto. «Esto es lo que usted no ha logrado ser, lo que usted debería ser, lo que usted nunca llegará a ser y lo que usted por consiguiente debe adorar», nos repite constantemente el noticiero de televisión.

El vecindario. Particularmente eficaz. El objetivo es decir que «Francia es el último país de Europa en abordar este asunto». Es el mecanismo que rige la sociabilidad de base, la pertenencia al grupo mediante la imitación, mediante la reproducción de lo que parece hacer o de lo que parece ser. El presentador nos dice entonces: «Ellos hacen esto. ¿Por qué nosotros hacemos otra cosa?», presuponiendo que nuestra manera de actuar es necesariamente menos adecuada. «En Estados Unidos, trabajar después de los 65 años no representa ningún problema». No se hace nunca el más mínimo análisis de los puntos positivos y negativos del sistema del vecino. Se nos ofrece únicamente una mirada «objetiva», que nos dice: «Esto es lo que hacen allá, y por eso es mejor que aquí».

El folklore. Aquí es cuando nos presentan, con una sonrisa en los labios y con la indulgencia con la que se mira al artista que puede parecernos un poco loco pero que a fin de cuentas no le hace daño a nadie, a la gente que vive de forma un poco diferente. Es única y exclusivamente en este tipo de tema que el presentador subraya el carácter «excepcional» de las personas que nos van a presentar, como para disuadirnos de actuar como ellas.

Esto no son más que algunos ejemplos.

Anécdota y fatalidad
Dos formas de representación del mundo caracterizan principalmente el noticiero de televisión, y constituyen los dos movimientos principales de difusión de las consignas: la anécdota y la fatalidad.

La anécdota aparece al principio de cada tema. Todo parte del hecho en particular, del hecho específico del día, y se extiende hacia el problema más amplio que este parece contener en sí mismo, o que los periodistas hacen como si creyeran que lo contiene. Es una retórica particular que encontramos hoy en la base de todo discurso político o periodístico, una inversión de la lógica, del desarrollo efectivo de la demostración y del análisis del mundo: ahora es la excepción lo que explica la regla, lo que la construye. Todo parte del hecho particular para prolongarse, como si este último contuviera en sí mismo todas las causas y todas las consecuencias que han dado lugar a la situación más general que se supone que demuestra. El noticiero de las 8 p.m. no se preocupa jamás por describir fenómenos endémicos, o los saca siempre de la cadena de hechos que los han llevado a la situación actual. Es una necesidad dialéctica lógica para quien quiere transmitir las consignas sin tomarse el trabajo de explicarlas, lo cual lo obliga a complicar todavía más su propia demostración y lo lleva a darse cuenta de que las cosas son menos simples de lo que él trató de hacer creer. Para que las consignas sean divulgadas eficazmente, no se puede dejar abierta la posibilidad de contradecirlas. Por tanto, más vale no explicar nada. De todas formas, como ya dijimos anteriormente, el objetivo no es que la gente entienda, sino que aprenda.

La fatalidad, por su parte, mece el conjunto del noticiero de televisión. Los hechos suceden por causa de una desgracia fortuita, de un azar distraído que por desgracia afecta siempre a los mismas (personas, naciones…). Es un lamento constante: «si los bomberos hubieran llegado antes», «si el violador no hubiese salido de prisión», «si África no fuera un continente pobre y corrupto», etc. La fatalidad es el basamento de toda religión ya que permite no tener nunca nada que justificar y porque recuerda el deber de sumisión ante la trascendencia, ya que siempre estamos «por debajo». La fatalidad equivale a repetir permanentemente una especie de condena, y agrega con amargura (aunque no siempre): «las cosas son así». El sistema se regula a sí mismo y es «el mejor sistema posible», el hombre es un ser «malo» y se pasa la vida «cayéndose» y «volviéndose a caer» a pesar de todos los intentos por «perdonarlo», el pobre es responsable de su propia situación porque es demasiado perezoso para buscar soluciones y aplicarlas, incluso hasta cuando se le da la solución, etc. Es un suspiro constante, un llamado permanente a la impotencia y a la sumisión ante el sufrimiento. El mundo gira y nada podemos hacer…

Una vez terminada la transmisión de las consignas, el mensajero divino se despide de nosotros, concluyendo el sermón del día y sin olvidarse nunca de citarnos para el día siguiente a la misma hora. Y luego, desaparece. Mientras recoge los papeles que demuestran su seriedad, la cámara se aleja de él, la penumbra se hace más intensa y se funde poco a poco con el mismo tipo de música que dio inicio a la ceremonia.

Pierre Mellet