La propuesta de la derecha es que nos quedemos sin historia. Para Piñera la oferta es seductora, pues sólo si los chilenos toman el camino del olvido él podría llegar a ser Presidente.
Esta semana se conmemoró la mayor fractura institucional del país en el siglo XX: el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Coincidió esta fecha con la inscripción de los candidatos presidenciales en el registro electoral.
Resulta imposible no ligar ambos hechos. Sobre todo cuando el aspirante a La Moneda Sebastián Piñera llamó el 1 de septiembre pasado, cuando se proclamó, a olvidar el pasado y mirar con optimismo el futuro. Es probable que sólo sea una frase cliché para los comicios, pero resulta escalofriante.
La propuesta de la derecha es que nos quedemos sin historia. Para Piñera la oferta es seductora, pues sólo si los chilenos toman el camino del olvido él podría llegar a ser Presidente.
Afortunadamente, la opción de todos los restantes aspirantes a La Moneda es recordar nuestro pasado para proyectarnos al futuro. Es también la alternativa de la Presidenta de la República, Michelle Bachelet, opción que ha hecho explícita el pasado 11 de septiembre. En el palacio presidencial, alguna vez envuelto en llamas por la acción de quienes ahora adhieren a la candidatura de Sebastián Piñera, Bachelet quiso oír el discurso con que Salvador Allende se despidió de los chilenos. En 36 años, nunca antes, su voz había sido escuchada ahí. Fue emocionante. Su propio discurso también lo cerró con las palabras de Allende: “Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores”.
La presencia de Bachelet y de los gobiernos de la Concertación en La Moneda es fruto de un aprendizaje histórico. Fuerzas políticas que, cuando fue el golpe de Estado, estuvieron divididas, se reencontraron a comienzos de los noventa para construir un proyecto común de país, que se ha plasmado en el modelo de protección social articulado por la Presidenta.
Ciertamente, las heridas abiertas por los 17 años de dictadura militar no se han cerrado plenamente. Es probable que sobre el origen del golpe de Estado y su naturaleza nunca se logre un consenso pleno. No obstante, se hace imprescindible tener una visión común sobre la necesidad de castigar con el mayor rigor de la ley las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, cometidas durante el régimen militar.
Sólo de esa manera será posible evitar la repetición de acciones que comprometieron a instituciones completas creadas para exterminar físicamente a los adversarios políticos, como lo fueron la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y su continuadora, la Central Nacional de Informaciones (CNI). La acción criminal cometida desde el Estado se prolongó hasta los últimos momentos del régimen militar. Justamente en estos días se han recordado crímenes cometidos en los últimos cuatro años de dictadura, como los asesinatos de José Carrasco (1986) y Jecar Neghme (1989), que lamentablemente no han tenido penas ejemplarizadoras contra los oficiales del Ejército que los cometieron; y la detención y desaparición de cinco integrantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), efectuadas en 1987. Cuando se ejecutaron estos crímenes eran autoridades de gobierno muchos de los dirigentes y militantes de los dos partidos que respaldan a Piñera. No cabe duda entonces de que su llamado al olvido es absolutamente interesado.
Es evidente que el camino de reconciliación impulsado por los gobiernos concertacionistas se vería truncado si su sentido no se prolonga más allá del bicentenario. Así lo ha dejado claro uno de los diputados piñeristas, Iván Moreira, quien ha propuesto para enfrentar los desmanes vandálicos minoritarios que se producen con motivo del aniversario del golpe de Estado, la instauración del toque de queda. La Alianza por Chile demuestra a través de estas expresiones que en su “disco duro” están las mismas soluciones que hace 20 años implementaba Pinochet. //LND
domingo, 13 de septiembre de 2009
viernes, 11 de septiembre de 2009
Chile: el 11 de septiembre chileno, 36 años después
Por Jorge Luna (*)
Divididos por las elecciones presidenciales de diciembre, los chilenos recuerdan de distintas maneras el Golpe de Estado de Augusto Pinochet contra el Presidente constitucional Salvador Allende en 1973.
A 39 años del bombardeo del Palacio de La Moneda, la interrupción de un proceso democrático popular y el inició de un represivo régimen militar que duró 17 años, este es el tercer aniversario en un "Chile sin Pinochet", fallecido el 2006.
El recuerdo -y el significado de ese episodio histórico para Chile y la región- varían no sólo según el prisma político con que se mire, sino también de acuerdo a la generación de chilenos post-dictadura a que se pertenece.
Estudios académicos señalan una gran variedad de visiones sobre el 11 de septiembre de 1973 chileno y el paso del tiempo, en algunos casos, ha contribuido al olvido, mientras que en otros ha servido para fortalecer la memoria y la renovada búsqueda de la justicia.
Prensa Latina recogió testimonios inéditos de cuatro chilenos de distintas edades pero que, además de sobrevivir el 11 de septiembre, comparten el difícil ejercicio del periodismo comprometido con la verdad.
Los cuatro son renuentes a hablar en primera persona, pero en esta ocasión aportaron breves versiones de sus dramáticas vivencias personales sobre el "día del golpe", fecha en que culminó una vasta y prolongada conspiración nacional e internacional contra el Gobierno Popular de Allende.
Marcelo Castillo
Marcelo Castillo es hoy el director del periódico La Nación, con amplia experiencia en varios medios chilenos y extranjeros. Pero, ese 11 de septiembre, con 16 años de edad, cursaba tercer año de enseñanza media en el Liceo Manuel de Salas y militaba en la Juventud Socialista.
Aunque nunca vio un fusil, integró un grupo con "preparación militar básica en el partido, pero solamente teórica", dijo al señalar que en una asamblea "propusimos entregar algunas nociones básicas de formación militar. Quiénes siempre habían sido reacios a esa idea, esta vez aceptaron".
Pero, cuando salimos al patio, ya había helicópteros artillados sobrevolando, apuntó Castillo, uno de los encargados de comunicaciones de los Comités de Defensa del Gobierno Popular en las escuelas de la capitalina comuna de Ñuñoa.
Hizo un recorrido por los colegios y por el Pedagógico de la Universidad de Chile, que estaba rodeado de fuerzas militares: "Fuimos a dos liceos, el Veinte y el Siete, que permanecían tomados igual que el nuestro".
Me detuve unos momentos en la casa de mi novia de entonces y, desde el tejado de su casa, presencié a lo lejos el bombardeo a La Moneda, agregó Castillo, quien -pese a todo- confiaba en que "fuerzas militares democráticas estarían de nuestro lado para enfrentar a los golpistas".
Al regresar a su escuela y ver que la mayoría de sus compañeros se había ido, Castillo -junto a otro estudiante conocido como "Pato"- partió hacia una "casa de seguridad" con unas botellas de ácido sulfúrico que sacaron de los laboratorios de química. Pero, al poco andar, un grupo de civiles armados nos detuvo, nos subieron a un automóvil y, luego, nos entregaron a una patrulla militar, que nos llevó al Regimiento de Telecomunicaciones del Ejército, donde fuimos interrogados con simulacros de fusilamiento y golpes, subrayó Castillo.
Finalmente, los dos estudiantes, junto a otros tres prisioneros, fueron entregados a Carabineros, quienes los recibieron con una pateadura, según relató Castillo. "En esa Comisaría llegaríamos a ser alrededor de 60 los detenidos, todos en tres o cuatro celdas que habitualmente no albergan a más de dos o tres personas".
Sentimos las balaceras durante toda la noche. Llegaron algunos compañeros muy heridos, a los que nadie se atrevió a hablar, dijo Castillo, hasta que el día 13 el nuevo régimen levantó el toque de queda y, junto al Pato, fue liberado. "Pasamos a engrosar las filas de la resistencia en la clandestinidad", concluyó.
Lucía Sepúlveda
Por su parte, Lucía Sepúlveda, quien tenía entonces 27 años y tres meses de embarazo, aseguró que su "falta concreta de memoria está asociada al trauma", aunque aportó valiosos recuerdos de esa jornada junto a su compañero, el conocido periodista Augusto "Pelao" Carmona, con quien intentó llegar hasta La Moneda.
No pudimos llegar a reportar y tuvimos que irnos a la revista Punto Final, pero allí no había nadie. Entonces, nos unimos a los corresponsales de Prensa Latina, cuya oficina estaba en igual piso del mismo edificio de Punto Final y muy cerca del palacio de Gobierno.
Ella, reportera de la Televisión Nacional, y él, de Radio Nacional, emisora del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), buscaban allí noticias sobre los violentos acontecimientos.
"Todo el horror se concentró en esas horas y ese día, que recuerdo como el más largo de mi vida", señaló Lucía.
Allí pudo escuchar varios "bandos militares", citando a políticos y periodistas conocidos a presentarse en el Ministerio de Defensa. También pudo escuchar el sobrevuelo de los Hawker Hunter disparando contra el cercano palacio de Gobierno.
"Cuando el entonces director de Prensa Latina, Jorge Timossi, nos informó -tras un contacto telefónico con alguien en La Moneda- que el periodista Augusto Olivares, amigo y asesor de Allende, se había suicidado, el dolor y el espanto me sobrecogieron", reconoció.
De Prensa Latina, caminamos a nuestro departamento de Calle Cóndor, pasando entre grupos de soldados y detenidos, entre tanques, muertos y personas deambulando como autómatas con ojos colmados de miedo y desesperación, agregó.
Después de ese día -aseguró- no fuimos más que miembros de la resistencia: "Para el "Pelao", el periodismo quedó atrás para siempre. Fue asesinado por la dictadura el 7 de diciembre de 1977".
Eduardo Contreras
Eduardo Contreras fue el primer abogado en presentar una querella judicial contra el dictador Augusto Pinochet y es conocido por su defensa de los derechos humanos y todas las causas justas. Es, además, dirigente del Partido Comunista de Chile y un destacado columnista del semanario El Siglo y otros medios.
En 1973, con 33 años de edad, Contreras era diputado comunista por la zona de Chillán, donde nació, y donde el régimen militar cometió muchos crímenes de lesa humanidad.
La noche antes del golpe, regresaba a Chillán -donde antes había sido alcalde- junto al diputado socialista Rogelio de la Fuente, luego de cumplir varias actividades con campesinos y obreros, "preparando el apoyo al plebiscito al que convocaría el Presidente", relató.
Pese al cansancio, dijo, decidimos partir de inmediato de Chillán a Santiago, pues el martes 11 en el palacio de La Moneda Allende nos entregaría los lineamientos generales de la consulta popular para que los parlamentarios fuéramos sus voceros.
Tras sortear registros policiales por la Ley de Control de Armas durante la noche, amanecieron en Santiago pero, como el vehículo no tenía radio, no se enteraron de que el golpe ya había empezado, "hasta que algunos civiles nos detuvieron para prevenirnos a pocas cuadras del palacio presidencial. Era imposible continuar".
Cada uno partió entonces a los lugares asignados previamente por el Partido: yo fui a una fábrica donde escuchamos el último discurso de Allende y nos enteramos de su muerte. No había condición alguna para combatir, recordó Contreras.
Aunque mi primer impulso fue tratar de regresar a Chillán, la compañera "Amanda", responsable política de la fábrica, me aconsejó esperar. Le debo la vida, rememoró.
En Chillán, militares y carabineros asesinaron a los dirigentes de la izquierda, dijo al admitir que se salvó en esa ocasión por haber viajado a la reunión con Allende.
Luego, vendría la clandestinidad y, más tarde, el asilo: Panamá en el 74, Cuba desde el 75, México desde el 78. Tras el exilio, regresó "a la misma lucha, los mismos sueños, aunque en condiciones más duras". Contreras subrayó, sin embargo, que mantiene "la misma confianza en la victoria".
Manuel Cabieses
El periodista y escritor Manuel Cabieses es conocido, entre otras cosas, por haber logrado mantener en circulación la revista de izquierda Punto Final desde 1965, salvo los 16 años de clausura durante la dictadura militar.
El también dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) fue detenido dos días después del golpe, sufrió prisión en los campos de detención de Chacabuco, Puchuncaví y Tres Álamos. Luego, vivió en Cuba y, más tarde, regresó clandestinamente a Chile.
Entre otros éxitos periodísticos, Punto Final publicó, como primicia mundial, el "Diario del Che en Bolivia". Pero, también, el 11 de septiembre de 1973, alcanzó a estar -por pocas horas- en kioscos una edición especial, cuya portada señalaba: "Soldado: la patria es la clase obrera".
El golpe se esperaba hacía semanas, cuando se rebeló un regimiento de blindados en Santiago. Sin embargo, la tensión fue convirtiéndose en adormecedora esperanza en que la habilidad de Allende -fogueada en larga experiencia parlamentaria- derrotaría la conspiración, recordó Cabieses, quien entonces tenía 40 años de edad.
En esos días, Cabieses trabajaba también como reportero del vespertino "Noticias de Ultima Hora", del Partido Socialista -ubicado a cinco cuadras de La Moneda-, adonde se dirigió temprano el día del golpe.
Mi mujer salió hacia el consultorio donde trabajaba como enfermera. Mis tres hijos se fueron a sus colegios. El transporte público funcionaba con normalidad y la ciudad se veía tranquila. En un kiosco de periódicos vi la edición del día de Punto Final, contó.
Relató que "ya habían llegado algunos compañeros al diario, escuchaban la radio y comenzaban a organizar el trabajo. Hablamos de sacar una edición de emergencia, como hicimos el 29 de junio cuando el alzamiento de los blindados".
Más adelante, precisó: "Nos repartimos las tareas, uno iría a La Moneda, otro al Ministerio de Defensa, aquel a la Central Única de Trabajadores, a mí me correspondía el Congreso Nacional para buscar declaraciones de parlamentarios y partidos políticos".
Pero, al comunicarse con la imprenta Horizonte, del Partido Comunista, donde se imprimía el vespertino, "tuvimos el primer acercamiento a la realidad, pues los compañeros estaban mejor informados que nosotros y nos hicieron ver la ingenuidad de nuestros propósitos".
El también presidente del sindicato explicó que "de todos modos, decidimos permanecer en el diario por si más tarde se podía sacar una edición especial llamando al pueblo a resistir el golpe".
"Desde la terraza del edificio vimos a los Hawker Hunter bombardear La Moneda. En una radio a pilas oímos el último mensaje de Allende. Lo que sucedía no lo podíamos creer", afirmó.
Las columnas de humo se elevaban del palacio en llamas. El histórico símbolo de un país "diferente", se convertía en la imagen fantasmagórica y trágica del final de una época, opinó y agregó que "comenzaba una nueva historia que no ha concluido".
(*) El autor es corresponsal de Prensa Latina en Chile.
Divididos por las elecciones presidenciales de diciembre, los chilenos recuerdan de distintas maneras el Golpe de Estado de Augusto Pinochet contra el Presidente constitucional Salvador Allende en 1973.
A 39 años del bombardeo del Palacio de La Moneda, la interrupción de un proceso democrático popular y el inició de un represivo régimen militar que duró 17 años, este es el tercer aniversario en un "Chile sin Pinochet", fallecido el 2006.
El recuerdo -y el significado de ese episodio histórico para Chile y la región- varían no sólo según el prisma político con que se mire, sino también de acuerdo a la generación de chilenos post-dictadura a que se pertenece.
Estudios académicos señalan una gran variedad de visiones sobre el 11 de septiembre de 1973 chileno y el paso del tiempo, en algunos casos, ha contribuido al olvido, mientras que en otros ha servido para fortalecer la memoria y la renovada búsqueda de la justicia.
Prensa Latina recogió testimonios inéditos de cuatro chilenos de distintas edades pero que, además de sobrevivir el 11 de septiembre, comparten el difícil ejercicio del periodismo comprometido con la verdad.
Los cuatro son renuentes a hablar en primera persona, pero en esta ocasión aportaron breves versiones de sus dramáticas vivencias personales sobre el "día del golpe", fecha en que culminó una vasta y prolongada conspiración nacional e internacional contra el Gobierno Popular de Allende.
Marcelo Castillo
Marcelo Castillo es hoy el director del periódico La Nación, con amplia experiencia en varios medios chilenos y extranjeros. Pero, ese 11 de septiembre, con 16 años de edad, cursaba tercer año de enseñanza media en el Liceo Manuel de Salas y militaba en la Juventud Socialista.
Aunque nunca vio un fusil, integró un grupo con "preparación militar básica en el partido, pero solamente teórica", dijo al señalar que en una asamblea "propusimos entregar algunas nociones básicas de formación militar. Quiénes siempre habían sido reacios a esa idea, esta vez aceptaron".
Pero, cuando salimos al patio, ya había helicópteros artillados sobrevolando, apuntó Castillo, uno de los encargados de comunicaciones de los Comités de Defensa del Gobierno Popular en las escuelas de la capitalina comuna de Ñuñoa.
Hizo un recorrido por los colegios y por el Pedagógico de la Universidad de Chile, que estaba rodeado de fuerzas militares: "Fuimos a dos liceos, el Veinte y el Siete, que permanecían tomados igual que el nuestro".
Me detuve unos momentos en la casa de mi novia de entonces y, desde el tejado de su casa, presencié a lo lejos el bombardeo a La Moneda, agregó Castillo, quien -pese a todo- confiaba en que "fuerzas militares democráticas estarían de nuestro lado para enfrentar a los golpistas".
Al regresar a su escuela y ver que la mayoría de sus compañeros se había ido, Castillo -junto a otro estudiante conocido como "Pato"- partió hacia una "casa de seguridad" con unas botellas de ácido sulfúrico que sacaron de los laboratorios de química. Pero, al poco andar, un grupo de civiles armados nos detuvo, nos subieron a un automóvil y, luego, nos entregaron a una patrulla militar, que nos llevó al Regimiento de Telecomunicaciones del Ejército, donde fuimos interrogados con simulacros de fusilamiento y golpes, subrayó Castillo.
Finalmente, los dos estudiantes, junto a otros tres prisioneros, fueron entregados a Carabineros, quienes los recibieron con una pateadura, según relató Castillo. "En esa Comisaría llegaríamos a ser alrededor de 60 los detenidos, todos en tres o cuatro celdas que habitualmente no albergan a más de dos o tres personas".
Sentimos las balaceras durante toda la noche. Llegaron algunos compañeros muy heridos, a los que nadie se atrevió a hablar, dijo Castillo, hasta que el día 13 el nuevo régimen levantó el toque de queda y, junto al Pato, fue liberado. "Pasamos a engrosar las filas de la resistencia en la clandestinidad", concluyó.
Lucía Sepúlveda
Por su parte, Lucía Sepúlveda, quien tenía entonces 27 años y tres meses de embarazo, aseguró que su "falta concreta de memoria está asociada al trauma", aunque aportó valiosos recuerdos de esa jornada junto a su compañero, el conocido periodista Augusto "Pelao" Carmona, con quien intentó llegar hasta La Moneda.
No pudimos llegar a reportar y tuvimos que irnos a la revista Punto Final, pero allí no había nadie. Entonces, nos unimos a los corresponsales de Prensa Latina, cuya oficina estaba en igual piso del mismo edificio de Punto Final y muy cerca del palacio de Gobierno.
Ella, reportera de la Televisión Nacional, y él, de Radio Nacional, emisora del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), buscaban allí noticias sobre los violentos acontecimientos.
"Todo el horror se concentró en esas horas y ese día, que recuerdo como el más largo de mi vida", señaló Lucía.
Allí pudo escuchar varios "bandos militares", citando a políticos y periodistas conocidos a presentarse en el Ministerio de Defensa. También pudo escuchar el sobrevuelo de los Hawker Hunter disparando contra el cercano palacio de Gobierno.
"Cuando el entonces director de Prensa Latina, Jorge Timossi, nos informó -tras un contacto telefónico con alguien en La Moneda- que el periodista Augusto Olivares, amigo y asesor de Allende, se había suicidado, el dolor y el espanto me sobrecogieron", reconoció.
De Prensa Latina, caminamos a nuestro departamento de Calle Cóndor, pasando entre grupos de soldados y detenidos, entre tanques, muertos y personas deambulando como autómatas con ojos colmados de miedo y desesperación, agregó.
Después de ese día -aseguró- no fuimos más que miembros de la resistencia: "Para el "Pelao", el periodismo quedó atrás para siempre. Fue asesinado por la dictadura el 7 de diciembre de 1977".
Eduardo Contreras
Eduardo Contreras fue el primer abogado en presentar una querella judicial contra el dictador Augusto Pinochet y es conocido por su defensa de los derechos humanos y todas las causas justas. Es, además, dirigente del Partido Comunista de Chile y un destacado columnista del semanario El Siglo y otros medios.
En 1973, con 33 años de edad, Contreras era diputado comunista por la zona de Chillán, donde nació, y donde el régimen militar cometió muchos crímenes de lesa humanidad.
La noche antes del golpe, regresaba a Chillán -donde antes había sido alcalde- junto al diputado socialista Rogelio de la Fuente, luego de cumplir varias actividades con campesinos y obreros, "preparando el apoyo al plebiscito al que convocaría el Presidente", relató.
Pese al cansancio, dijo, decidimos partir de inmediato de Chillán a Santiago, pues el martes 11 en el palacio de La Moneda Allende nos entregaría los lineamientos generales de la consulta popular para que los parlamentarios fuéramos sus voceros.
Tras sortear registros policiales por la Ley de Control de Armas durante la noche, amanecieron en Santiago pero, como el vehículo no tenía radio, no se enteraron de que el golpe ya había empezado, "hasta que algunos civiles nos detuvieron para prevenirnos a pocas cuadras del palacio presidencial. Era imposible continuar".
Cada uno partió entonces a los lugares asignados previamente por el Partido: yo fui a una fábrica donde escuchamos el último discurso de Allende y nos enteramos de su muerte. No había condición alguna para combatir, recordó Contreras.
Aunque mi primer impulso fue tratar de regresar a Chillán, la compañera "Amanda", responsable política de la fábrica, me aconsejó esperar. Le debo la vida, rememoró.
En Chillán, militares y carabineros asesinaron a los dirigentes de la izquierda, dijo al admitir que se salvó en esa ocasión por haber viajado a la reunión con Allende.
Luego, vendría la clandestinidad y, más tarde, el asilo: Panamá en el 74, Cuba desde el 75, México desde el 78. Tras el exilio, regresó "a la misma lucha, los mismos sueños, aunque en condiciones más duras". Contreras subrayó, sin embargo, que mantiene "la misma confianza en la victoria".
Manuel Cabieses
El periodista y escritor Manuel Cabieses es conocido, entre otras cosas, por haber logrado mantener en circulación la revista de izquierda Punto Final desde 1965, salvo los 16 años de clausura durante la dictadura militar.
El también dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) fue detenido dos días después del golpe, sufrió prisión en los campos de detención de Chacabuco, Puchuncaví y Tres Álamos. Luego, vivió en Cuba y, más tarde, regresó clandestinamente a Chile.
Entre otros éxitos periodísticos, Punto Final publicó, como primicia mundial, el "Diario del Che en Bolivia". Pero, también, el 11 de septiembre de 1973, alcanzó a estar -por pocas horas- en kioscos una edición especial, cuya portada señalaba: "Soldado: la patria es la clase obrera".
El golpe se esperaba hacía semanas, cuando se rebeló un regimiento de blindados en Santiago. Sin embargo, la tensión fue convirtiéndose en adormecedora esperanza en que la habilidad de Allende -fogueada en larga experiencia parlamentaria- derrotaría la conspiración, recordó Cabieses, quien entonces tenía 40 años de edad.
En esos días, Cabieses trabajaba también como reportero del vespertino "Noticias de Ultima Hora", del Partido Socialista -ubicado a cinco cuadras de La Moneda-, adonde se dirigió temprano el día del golpe.
Mi mujer salió hacia el consultorio donde trabajaba como enfermera. Mis tres hijos se fueron a sus colegios. El transporte público funcionaba con normalidad y la ciudad se veía tranquila. En un kiosco de periódicos vi la edición del día de Punto Final, contó.
Relató que "ya habían llegado algunos compañeros al diario, escuchaban la radio y comenzaban a organizar el trabajo. Hablamos de sacar una edición de emergencia, como hicimos el 29 de junio cuando el alzamiento de los blindados".
Más adelante, precisó: "Nos repartimos las tareas, uno iría a La Moneda, otro al Ministerio de Defensa, aquel a la Central Única de Trabajadores, a mí me correspondía el Congreso Nacional para buscar declaraciones de parlamentarios y partidos políticos".
Pero, al comunicarse con la imprenta Horizonte, del Partido Comunista, donde se imprimía el vespertino, "tuvimos el primer acercamiento a la realidad, pues los compañeros estaban mejor informados que nosotros y nos hicieron ver la ingenuidad de nuestros propósitos".
El también presidente del sindicato explicó que "de todos modos, decidimos permanecer en el diario por si más tarde se podía sacar una edición especial llamando al pueblo a resistir el golpe".
"Desde la terraza del edificio vimos a los Hawker Hunter bombardear La Moneda. En una radio a pilas oímos el último mensaje de Allende. Lo que sucedía no lo podíamos creer", afirmó.
Las columnas de humo se elevaban del palacio en llamas. El histórico símbolo de un país "diferente", se convertía en la imagen fantasmagórica y trágica del final de una época, opinó y agregó que "comenzaba una nueva historia que no ha concluido".
(*) El autor es corresponsal de Prensa Latina en Chile.
Historia del “terrorismo islámico”: Osama Bin Laden
A continuación contamos parte de la historia de Osama Bin Laden, a quien consideran el autor intelectual y comandante de la operación que concluyeron con la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York y la muerte y desaparción de un gran número de personas que es dificil precisar.
Vozsiglo21
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CREACION DE BIN LADEN
Bin Laden -como ayer lo fue el comunismo soviético- es el nuevo legitimador social de las masacres capitalistas por el mundo.
A fines de la década del 70, los consorcios petroleros anglo-estadounidenses querían apoderarse de los recursos energéticos y de los corredores de oleoductos que salen de la cuenca del Mar Caspio.
Para lo cual el asentamiento militar y político en Afganistán resultaba clave.
La estrategia de la CIA y de la inteligencia militar se encuadraba formalmente en la disputa por áreas de influencia que Estados Unidos y la Unión Soviética mantuvieron durante toda la Guerra Fría.
Con la administración Reagan-Bush, a principios de los 80, se incrementó la ayuda encubierta y el suministro de armas a los mujaidines de la resistencia afgana que quería expulsar a los soviéticos de su territorio.
Dentro de ese objetivo EEUU realizó un acuerdo secreto con el servicio de inteligencia paquistaní (ISI) y con el de Arabia Saudita (Istajbarat), conducido desde Riad por el príncipe Turki Al Faysal, viejo amigo de la familia Laden.
La relación de la CIA con grupos radicalizados de la jihad islámica se estableció principalmente durante la gestión de Bush padre al frente de la CIA durante las administraciones de Nixon y de Ford.
Bush padre, por entonces vicepresidente de Reagan, mantenía una decisiva influencia sobre la CIA (en ese momento comandada por William Casey) y había sido el gestor principal de la entrega de armas a Komeini a cambio de drogas y de prisioneros norteamericanos durante el Irangate.
La CIA infiltró los cuadros combatientes islámicos utilizando de intermediario al servicio de inteligencia paquistaní (ISI), que en la actualidad sigue actuando de nexo entre los grupos terroristas que operan en Asia, los Balcanes y Medio Oriente, principalmente la red Al Qaeda.
La entrada militar de la URSS en Afganistán, en 1979, se produjo en respuesta a las operaciones encubiertas que la CIA venía realizando con grupos fundamentalistas para derrocar al régimen pro soviético en ese país.
La CIA, por intermedio del servicio secreto de Pakistán intentaba convertir la jihad afgana en una guerra de todos los estados musulmanes contra la Unión Soviética.
En esta cruzada anticomunista de Reagan-Bush en el Asia Central también participaron de las operaciones clandestinas otros servicios de inteligencia como el británico y el Mossad israelí, que actuaban de enlace con el Medio Oriente.
Investigaciones realizadas por el FBI y el organismo antilavado Financial Crimes Enforcement Network por orden del propio Congreso norteamericano, determinaron las conexiones de esas operaciones con Salem Bin Laden (el padre de Bin Laden), el empresario James R. Bath, y el Bank of Credit & Commerce (BBCI).
La investigación había revelado que los sauditas estaban utilizando a Bath y al BCCI para realizar lavado de dinero, tráfico de armas, y canalización de los fondos para las operaciones encubiertas de la CIA en Asia y Centroamérica.
Además de manejar los sobornos a gobiernos y de administrar los fondos de varios grupos terroristas islámicos.
En 1991, la revista Time describió a Bath como un lobbista cuyas vinculaciones iban desde la Agencia Central de Inteligencia (CIA), hasta contactos con Bush y la administración republicana de Reagan.
Salem Bin Laden era socio de los Bush en la compañía petrolera Arbusto Energy. Sociedad que, después de la muerte misteriosa de su padre, continuó con Bin Laden hijo y su familia.
Durante la presencia soviética de Afganistán, la CIA, bajo la dirección de William Casey canalizó 6.000 millones de dólares para financiar y entrenar a los rebeldes afganos.
Casey convenció al Congreso norteamericano que proporcionara a los afganos los misiles antiaéreos Stinger, que sirvieron para derribar los aviones y helicópteros soviéticos, y luego, en la guerra de Afganistán del 2001, fueron empleados por los talibanes contra los aviones y helicópteros norteamericanos.
La administración Reagan-Bush calificó de "combatientes de la libertad" a las fuerzas islámicas que le servían de peones en el tablero del enfrentamiento global con la URSS.
Bin Laden hijo se introdujo en el escenario afgano de la mano de los servicios secretos de Arabia Saudita (el Istajbarat), de Pakistán (el ISI) y de Estados Unidos (la CIA
EL USO MEDIATICO DE BIN LADEN POR LA CIA
En la agenda de la inteligencia militar estadounidense Bin Laden obedece a dos tipos de construcciones.
Una verdadera, asociada con las redes secretas del terrorismo, y otra fabricada para consumo mediático.
En la primera, se indica que su formación de soldado terrorista proviene de los sótanos de entrenamiento de la CIA.
Y en la segunda, las evidencias lo señalan como un espectro fantasmal sobre el cual se montan innumerables campañas de prensa internacional, Cuyos resultados son siempre funcionales a los intereses estratégicos del Estado imperial norteamericano.
Al margen de su extensa biografía, también en gran parte construida por la CIA, Osama recién ingresó a la fama tras las voladuras de las Torres Gemelas en Nueva York.
Todo el proceso de "terrorismo islámico" con Al Qaeda y Bin Laden, desde el 11-S en adelante, se desarrolla en los medios de comunicación, principalmente en las cadenas televisivas, que trasmiten en vivo las imágenes de destrucción que a través de un ida y vuelta -feed baack- generan masivamente la psicosis terrorista a escala planetaria.
Sin la "globalización de la imagen", a Washington y a la CIA les hubiera sido imposible crear la figura de Bin Laden como el mítico "enemigo número uno de la humanidad" tras la voladura de las Torres Gemelas, iniciando así la era de la utilización del terrorismo mediatizado como estrategia y sistema avanzado de manipulación y control social.
Bin Laden y la red Al Qaeda fueron fabricados de acuerdo a las necesidades del "nuevo enemigo", que el imperio necesitaba (tras la caída de la URSS) mostrar a la sociedad después de los atentados del 11-S, y que la inteligencia norteamericana utilizó para conseguir consenso local e internacional a sus nuevas políticas de invasión militar.
Los intelectuales y los periodistas rentados se encargaron de construirle un "perfil" a tono con los gustos consumistas de la opinión pública, y sin mostrar las redes vinculantes de su biografía con la CIA y con las políticas colonizadoras de EEUU en el mundo árabe y musulmán.
Al margen de sus antecedentes reales, Osama representa una innovación en el campo de la inteligencia mediática americana.
Un producto acabado de la acción psicológica orientada a direccionar conducta colectiva con fines políticos. Este costado de la "leyenda Bin Laden" no fue suficientemente analizado o explorado por la prensa alternativa ni por los intelectuales críticos.
El uso mediático de la figura de Osama por parte de la CIA, queda opacado por la psicosis de terror montada a su alrededor.
Los expertos y analistas se concentran en el Bin Laden "terrorista", y pierden de vista los manejos mediáticos que se hacen con su imagen demonizada.
Tras el 11-S las "reapariciones" de Osama fueron un clásico en la prensa internacional.
Sus modus operandi fueron siempre los mismos.
Aparece, amenaza a Europa y a Estados Unidos con la guerra santa, promete atentados, asesinatos en masa con armas químicas y biológicas, y luego desaparece tan misteriosamente como había llegado.
Su imagen, recreada hasta el cansancio por las pantallas de TV., ya resulta tan "familiar" como la del Che o la de Jesucristo.
Sus "apariciones" -en videos de dudoso origen- siempre generan pánico y estados de "alerta rojo" en EE.UU. y en las metrópolis europeas.
El desarrollo secuencial de sus apariciones tras el 11-S siempre obedecen a un mismo patrón.
La televisión Al Jazeera muestra los videos con sus comunicados y amenazas, las cadenas estadounidenses y europeas los difunden por todo el mundo, y la CIA -con el resto de los servicios de inteligencia- anuncia todo tipo de catástrofes terroristas en ciernes, principalmente en Estados Unidos o Europa.
Después solo hay que "relacionar" la explosión de las torres con la imagen terrorista de Bin Laden puesta en la pantalla.
Ya no se necesita mostrar las huellas sangrientas del terrorismo real.
La sola presencia del hombre del turbante alcanza para producir los efectos psicológicos buscados.
La verificación material de los atentados, es sustituida por el temor a los atentados.
Como el perro de Pavlov, los norteamericanos y europeos segregan adrenalina y consumen terrorismo condicionado, como si fuera verdadero.
A pesar de la recurrencia cíclica de esta metodología operativa, nadie se preguntó en la prensa internacional porque esos atentados anteriores al 11- M, nunca se concretaron.
El 11-M obedece a un recurso extremo, cuando hay que dar un paso real para forzar el curso de los eventos.
Nadie observa ni analiza lo que ya resulta una evidencia estadística.
Esa acción psicológica sirve a los Estados Unidos para generar consenso, interno e internacional, para sus invasiones armadas por el mundo.
No hay datos precisos de la existencia o de la muerte de Bin Laden.
Todavía nadie reveló como pudo escapar del cerco militar y de los misiles en Afganistán.
Los videos difundidos por Al Jazeera son de dudoso origen, y la mala calidad de su imagen y su audio no permiten determinar su veracidad ni la fecha de su filmación.
No hay quién se interrogue como la CIA, con sus infinitas redes de infiltración dentro del terrorismo islámico, no lo haya podido detectar ni asesinar.
Esta falta de análisis estratégicos sobre el uso mediático-terrorista de la imagen de Osama, no se debe ni a la inocencia ni a la casualidad.
La tácita complicidad de la prensa internacional con las operaciones de la CIA, es un hecho que se revela en la dinámica de su propia estructura empresarial.
Sus intereses y negocios están asociados -por medio de complejos vasos comunicantes- a las transnacionales y a los megagrupos financieros que operan en Wall Stret y en el Complejo militar-industrial.
Los grandes diarios, las grandes cadenas televisivas de EE.UU. y de Europa, forman parte del exclusivo club de las 500 multinacionales que se benefician de las conquistas militares-capitalistas por todo el planeta.
La leyenda terrorista-mediática de Bin Laden esta construida a la medida de la nueva lógica expansiva del capitalismo transnacional.
Detrás de ese nuevo mito Estados Unidos desarrolla su estrategia de conquista militar en Asia, África, América Latina y Medio Oriente.
La "psicosis terrorista" es alimentada a su vez, y como si fuera una novela de espionaje, por rumores de nuevos ataques de Al Qaeda, cacería de supuestos culpables, e imaginarias "pistas árabes" o "conexiones islámicas" salidas de misteriosos archivos "secretos" de los servicios de inteligencia.
Bin Laden -como ayer lo fue el comunismo soviético- es el nuevo legitimador social de las masacres capitalistas por el mundo, la nueva excusa del imperio para intervenir y someter los pueblos del mundo.
Vozsiglo21
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CREACION DE BIN LADEN
Bin Laden -como ayer lo fue el comunismo soviético- es el nuevo legitimador social de las masacres capitalistas por el mundo.
A fines de la década del 70, los consorcios petroleros anglo-estadounidenses querían apoderarse de los recursos energéticos y de los corredores de oleoductos que salen de la cuenca del Mar Caspio.
Para lo cual el asentamiento militar y político en Afganistán resultaba clave.
La estrategia de la CIA y de la inteligencia militar se encuadraba formalmente en la disputa por áreas de influencia que Estados Unidos y la Unión Soviética mantuvieron durante toda la Guerra Fría.
Con la administración Reagan-Bush, a principios de los 80, se incrementó la ayuda encubierta y el suministro de armas a los mujaidines de la resistencia afgana que quería expulsar a los soviéticos de su territorio.
Dentro de ese objetivo EEUU realizó un acuerdo secreto con el servicio de inteligencia paquistaní (ISI) y con el de Arabia Saudita (Istajbarat), conducido desde Riad por el príncipe Turki Al Faysal, viejo amigo de la familia Laden.
La relación de la CIA con grupos radicalizados de la jihad islámica se estableció principalmente durante la gestión de Bush padre al frente de la CIA durante las administraciones de Nixon y de Ford.
Bush padre, por entonces vicepresidente de Reagan, mantenía una decisiva influencia sobre la CIA (en ese momento comandada por William Casey) y había sido el gestor principal de la entrega de armas a Komeini a cambio de drogas y de prisioneros norteamericanos durante el Irangate.
La CIA infiltró los cuadros combatientes islámicos utilizando de intermediario al servicio de inteligencia paquistaní (ISI), que en la actualidad sigue actuando de nexo entre los grupos terroristas que operan en Asia, los Balcanes y Medio Oriente, principalmente la red Al Qaeda.
La entrada militar de la URSS en Afganistán, en 1979, se produjo en respuesta a las operaciones encubiertas que la CIA venía realizando con grupos fundamentalistas para derrocar al régimen pro soviético en ese país.
La CIA, por intermedio del servicio secreto de Pakistán intentaba convertir la jihad afgana en una guerra de todos los estados musulmanes contra la Unión Soviética.
En esta cruzada anticomunista de Reagan-Bush en el Asia Central también participaron de las operaciones clandestinas otros servicios de inteligencia como el británico y el Mossad israelí, que actuaban de enlace con el Medio Oriente.
Investigaciones realizadas por el FBI y el organismo antilavado Financial Crimes Enforcement Network por orden del propio Congreso norteamericano, determinaron las conexiones de esas operaciones con Salem Bin Laden (el padre de Bin Laden), el empresario James R. Bath, y el Bank of Credit & Commerce (BBCI).
La investigación había revelado que los sauditas estaban utilizando a Bath y al BCCI para realizar lavado de dinero, tráfico de armas, y canalización de los fondos para las operaciones encubiertas de la CIA en Asia y Centroamérica.
Además de manejar los sobornos a gobiernos y de administrar los fondos de varios grupos terroristas islámicos.
En 1991, la revista Time describió a Bath como un lobbista cuyas vinculaciones iban desde la Agencia Central de Inteligencia (CIA), hasta contactos con Bush y la administración republicana de Reagan.
Salem Bin Laden era socio de los Bush en la compañía petrolera Arbusto Energy. Sociedad que, después de la muerte misteriosa de su padre, continuó con Bin Laden hijo y su familia.
Durante la presencia soviética de Afganistán, la CIA, bajo la dirección de William Casey canalizó 6.000 millones de dólares para financiar y entrenar a los rebeldes afganos.
Casey convenció al Congreso norteamericano que proporcionara a los afganos los misiles antiaéreos Stinger, que sirvieron para derribar los aviones y helicópteros soviéticos, y luego, en la guerra de Afganistán del 2001, fueron empleados por los talibanes contra los aviones y helicópteros norteamericanos.
La administración Reagan-Bush calificó de "combatientes de la libertad" a las fuerzas islámicas que le servían de peones en el tablero del enfrentamiento global con la URSS.
Bin Laden hijo se introdujo en el escenario afgano de la mano de los servicios secretos de Arabia Saudita (el Istajbarat), de Pakistán (el ISI) y de Estados Unidos (la CIA
EL USO MEDIATICO DE BIN LADEN POR LA CIA
En la agenda de la inteligencia militar estadounidense Bin Laden obedece a dos tipos de construcciones.
Una verdadera, asociada con las redes secretas del terrorismo, y otra fabricada para consumo mediático.
En la primera, se indica que su formación de soldado terrorista proviene de los sótanos de entrenamiento de la CIA.
Y en la segunda, las evidencias lo señalan como un espectro fantasmal sobre el cual se montan innumerables campañas de prensa internacional, Cuyos resultados son siempre funcionales a los intereses estratégicos del Estado imperial norteamericano.
Al margen de su extensa biografía, también en gran parte construida por la CIA, Osama recién ingresó a la fama tras las voladuras de las Torres Gemelas en Nueva York.
Todo el proceso de "terrorismo islámico" con Al Qaeda y Bin Laden, desde el 11-S en adelante, se desarrolla en los medios de comunicación, principalmente en las cadenas televisivas, que trasmiten en vivo las imágenes de destrucción que a través de un ida y vuelta -feed baack- generan masivamente la psicosis terrorista a escala planetaria.
Sin la "globalización de la imagen", a Washington y a la CIA les hubiera sido imposible crear la figura de Bin Laden como el mítico "enemigo número uno de la humanidad" tras la voladura de las Torres Gemelas, iniciando así la era de la utilización del terrorismo mediatizado como estrategia y sistema avanzado de manipulación y control social.
Bin Laden y la red Al Qaeda fueron fabricados de acuerdo a las necesidades del "nuevo enemigo", que el imperio necesitaba (tras la caída de la URSS) mostrar a la sociedad después de los atentados del 11-S, y que la inteligencia norteamericana utilizó para conseguir consenso local e internacional a sus nuevas políticas de invasión militar.
Los intelectuales y los periodistas rentados se encargaron de construirle un "perfil" a tono con los gustos consumistas de la opinión pública, y sin mostrar las redes vinculantes de su biografía con la CIA y con las políticas colonizadoras de EEUU en el mundo árabe y musulmán.
Al margen de sus antecedentes reales, Osama representa una innovación en el campo de la inteligencia mediática americana.
Un producto acabado de la acción psicológica orientada a direccionar conducta colectiva con fines políticos. Este costado de la "leyenda Bin Laden" no fue suficientemente analizado o explorado por la prensa alternativa ni por los intelectuales críticos.
El uso mediático de la figura de Osama por parte de la CIA, queda opacado por la psicosis de terror montada a su alrededor.
Los expertos y analistas se concentran en el Bin Laden "terrorista", y pierden de vista los manejos mediáticos que se hacen con su imagen demonizada.
Tras el 11-S las "reapariciones" de Osama fueron un clásico en la prensa internacional.
Sus modus operandi fueron siempre los mismos.
Aparece, amenaza a Europa y a Estados Unidos con la guerra santa, promete atentados, asesinatos en masa con armas químicas y biológicas, y luego desaparece tan misteriosamente como había llegado.
Su imagen, recreada hasta el cansancio por las pantallas de TV., ya resulta tan "familiar" como la del Che o la de Jesucristo.
Sus "apariciones" -en videos de dudoso origen- siempre generan pánico y estados de "alerta rojo" en EE.UU. y en las metrópolis europeas.
El desarrollo secuencial de sus apariciones tras el 11-S siempre obedecen a un mismo patrón.
La televisión Al Jazeera muestra los videos con sus comunicados y amenazas, las cadenas estadounidenses y europeas los difunden por todo el mundo, y la CIA -con el resto de los servicios de inteligencia- anuncia todo tipo de catástrofes terroristas en ciernes, principalmente en Estados Unidos o Europa.
Después solo hay que "relacionar" la explosión de las torres con la imagen terrorista de Bin Laden puesta en la pantalla.
Ya no se necesita mostrar las huellas sangrientas del terrorismo real.
La sola presencia del hombre del turbante alcanza para producir los efectos psicológicos buscados.
La verificación material de los atentados, es sustituida por el temor a los atentados.
Como el perro de Pavlov, los norteamericanos y europeos segregan adrenalina y consumen terrorismo condicionado, como si fuera verdadero.
A pesar de la recurrencia cíclica de esta metodología operativa, nadie se preguntó en la prensa internacional porque esos atentados anteriores al 11- M, nunca se concretaron.
El 11-M obedece a un recurso extremo, cuando hay que dar un paso real para forzar el curso de los eventos.
Nadie observa ni analiza lo que ya resulta una evidencia estadística.
Esa acción psicológica sirve a los Estados Unidos para generar consenso, interno e internacional, para sus invasiones armadas por el mundo.
No hay datos precisos de la existencia o de la muerte de Bin Laden.
Todavía nadie reveló como pudo escapar del cerco militar y de los misiles en Afganistán.
Los videos difundidos por Al Jazeera son de dudoso origen, y la mala calidad de su imagen y su audio no permiten determinar su veracidad ni la fecha de su filmación.
No hay quién se interrogue como la CIA, con sus infinitas redes de infiltración dentro del terrorismo islámico, no lo haya podido detectar ni asesinar.
Esta falta de análisis estratégicos sobre el uso mediático-terrorista de la imagen de Osama, no se debe ni a la inocencia ni a la casualidad.
La tácita complicidad de la prensa internacional con las operaciones de la CIA, es un hecho que se revela en la dinámica de su propia estructura empresarial.
Sus intereses y negocios están asociados -por medio de complejos vasos comunicantes- a las transnacionales y a los megagrupos financieros que operan en Wall Stret y en el Complejo militar-industrial.
Los grandes diarios, las grandes cadenas televisivas de EE.UU. y de Europa, forman parte del exclusivo club de las 500 multinacionales que se benefician de las conquistas militares-capitalistas por todo el planeta.
La leyenda terrorista-mediática de Bin Laden esta construida a la medida de la nueva lógica expansiva del capitalismo transnacional.
Detrás de ese nuevo mito Estados Unidos desarrolla su estrategia de conquista militar en Asia, África, América Latina y Medio Oriente.
La "psicosis terrorista" es alimentada a su vez, y como si fuera una novela de espionaje, por rumores de nuevos ataques de Al Qaeda, cacería de supuestos culpables, e imaginarias "pistas árabes" o "conexiones islámicas" salidas de misteriosos archivos "secretos" de los servicios de inteligencia.
Bin Laden -como ayer lo fue el comunismo soviético- es el nuevo legitimador social de las masacres capitalistas por el mundo, la nueva excusa del imperio para intervenir y someter los pueblos del mundo.
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