
Por Luis CASADO –
Habida cuenta del conocido “pago de Chile”, el Segundo Descubrimiento de América no le será atribuido a Felipe Larraín. Otro no menos meritorio benefactor de la humanidad se llevará el homenaje, como el florentino Amerigo Vespucci le sopló el primero al genovés Cristoforo Colombo.
La prensa internacional y la televisión comentan asombrados que se acaba de descubrir la pobreza en Chile. El impacto es tal que algún exégeta no exento de tendencias e inclinaciones laudatorias invoca, -hierático y trascendental-, el paralelo histórico: he aquí el Segundo Descubrimiento de América.
La similitud con la hazaña de Colombo no para allí: otros navegantes habían visitado el nuevo continente antes que Colombo, del mismo modo que numerosos analistas habían puesto en evidencia el despropósito que constituyen las estadísticas chilenas antes que el actual ministro de Hacienda. Pero sus soplidos en la vuvuzela no fueron escuchados, ni apreciado en lo que valía el alcance de sus descubrimientos.
Una banal publicación de cifras, -de ordinario tan dudosas como la virginidad de una princesa británica-, provocó estupor: la pobreza no solo existe en Chile, -hecho a todas luces sorprendente, pasmoso, prodigioso e incluso inaudito-, sino que para terminar de enmendarla aumenta. La pobreza, digo. De una plumada desaparecen los efectos de veinte años de ardua labor econométrica. Todos los gambeteos y fintas, jeitinhos e jogos de cintura, dribles, esquives y cambios de pierna destinados a demostrar, contra toda evidencia, que la pobreza, como el teniente Bello, había desaparecido, no sirvieron de nada. Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet se resumen en una cifra: cuatro millones y medio de pobres.
The usual round of experts acude, presuroso, a ofrecer explicaciones: que si la canasta de consumo básico, que si los padrones de consumo, que si la metodología, que si las encuestas, que si las respuestas a las encuestas, que esto que lo otro y que aquí que allá. Tan claro como el agua de roca.
Un patriota, -muy citado por los Chicago-boys de la Alianza y de la Concertación-, proponía otra explicación: ““Todo para nosotros y nada para los otros”, he ahí lo que parece haber sido a lo largo de los tiempos el principio de los amos de la especie humana”. El autor de esta clara sentencia es Adam Smith, autor de “La riqueza de las naciones”, un librito publicado en año 1776 que marcó los albores de la teoría economía capitalista. Adam Smith era capitalista, de acuerdo, pero nadie puede acusarlo de mentiroso.
Otra explicación tan sencilla como la precedente reside en la noción misma de pobreza. Legiones de puñeteros economistas han debatido del hambre al calor de una parrillada, sin ponerse de acuerdo. Amartya Sen, -conocido premio Nobel de economía que pasa por ser “progresista”-, cuando habla del hambre se cree obligado a precisar que se refiere a quienes pasan hambre en modo involuntario y no a los que ayunan por razones religiosas o para bajar de peso. En fin, que estos genios no logran ponerse de acuerdo para definir ni el hambre ni la pobreza. Eso le permite al ministro Felipe Kast, -un jeropa de mucho cuidado-, argumentar que la definición de “línea de pobreza”, -denunciada en su día por Felipe Larraín-, “es lo que hay”. De tal manera que los atorrantes que se creen clase media se tienen que conformar con 64 mil valerosos pesos.
Susan George no nos facilita el optimismo cuando escribe: “A menudo nuestros partidos políticos dependen financieramente de la clase dominante (…); de modo que traducen directamente sus deseos cuando acceden al poder, o bien, cuando están en la oposición, aceptan pasivamente todas sus decisiones”.
No es que yo quiera ser aguafiestas, pero esto, en Chile, no tiene nada de un descubrimiento.
Luis CASADO – 20/07/2010
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