sábado, 9 de mayo de 2009

CUBA Y ESTADOS UNIDOS

Una deuda que pagar
POR JORGE GÓMEZ BARATA, DE ARGENPRESS

En la cultura norteamericana, caracterizada por el pragmatismo, hay un aforismo elemental: "lo primero es lo primero". Eso es lo que el presidente Barack Obama debiera tener presente, si realmente desea un cambio significativo en las relaciones entre su país y La Habana.
Los procesos políticos, que implican a varios países, tienen efectos sobre la sociedad en su conjunto, perduran por mucho tiempo y asumen una entidad y una escala, que hace virtual-mente imposible abordarlos en su conjunto, más aun cuando se trata de rectificar procedimientos.
Así ocurre con la política norteamericana hacía Cuba, que dicho sea de paso, no es sólo el bloqueo. La agresividad que asumió Washington, frente al proceso revolucionario que encabeza Fidel Castro, no se puede superar, simplemente dando vuelta la hoja.
Es cierto que, con carencias y debilidades, a la Casa Blanca ha llegado una administración diferente. No es menos capitalista, ni menos imperialista, ni ha renunciado a la hegemonía, pero, parece evidente, que es menos brutal y primitiva que la administración anterior, de George Bush, y que procura alcanzar sus objetivos, de modo menos cruentos.
En ciertos asuntos, la administración de Obama ha realizado pronunciamientos y dado señales que parte de la opinión pública y muchos gobernantes juzgan como positivos.

Un pasado difícil de superar
Pero la historia no es gratis y deja consecuencias. Para llegar al punto donde se encuentra, a lo largo de cincuenta años, la política cubana de los Estados Unidos ha transitado por un largo y tortuoso camino de desmesurada hostilidad.
Las agresiones y las amenazas militares, el terrorismo y las acciones desestabilizadoras, incluso armadas promovidas y conducidas por la CÍA, el financiamiento a la contrarrevolución interna, los intentos por asesinar a Fidel Castro, la manipulación de los procesos migratorios, las transmisiones de radio y televisión y el bloqueo económico, entre otras medidas, configuran un conjunto, que difícilmente se puede superar con una decisión.
Cada una de esas acciones y todas en su conjunto han impactado sobre millones de personas, sembrado el camino de carencias materiales, sufrimientos y tensiones, separado, dividido y enlutado familias y retrasado el progreso, creando reservas que pasan de una generación a otras, no como legado, sino como presente.
Cincuenta años de cerco han dejado una profunda cicatriz en la psicología social de autoridades y gentes que reaccionan con desconfianza. Se necesita tiempo y pruebas para que los cubanos vuelvan a creer en la buena fe de un presidente norteamericano.
Si fueran ciertas las intenciones de la actual administración, no existe mejor opción que, al igual a como hizo en el viaje de ida, sin necesidad de diálogos ni de justificaciones y sin pedir lo que Cuba no puede dar, Estados Unidos, por sus propias razones, comience a desmantelar el entramado que forma su política hacia Cuba.
Es absurdo creer que, como si estuvieran en un estado de virginal inocencia las partes pueden comenzar con un diálogo como si nada hubiera ocurrido y encontrare una mágica solución global. Un punto de vista semejante es una ilusión o una tomadura de pelo. No existen las condiciones para ello y sobre todo no existe una agenda bilateral.

Primero es lo primero
Para avanzar los primeros tramos, en un verdadero cambio en las relaciones con Cuba, las autoridades de Washington tienen que actuar unilateralmente para sanear el ambiente.
Tiene que crear un clima adecuado y propiciar una especie de "desenganche", para lo cual es preciso una inequívoca revisión de sus acciones más agresivas, ilegales, irritantes y criminales, asumiendo los principios de su lógica pragmática: "Lo primero es lo primero".
En ese entendido, Estados Unidos debiera declarar que no abriga la intención de cambiar el régimen político cubano de ninguna forma y por tanto carece de intenciones agresivas desde el punto de vista militar.
Por ese camino el presidente Obama pudiera ratificar la instrucción dictada por uno de sus antecesores, Gerald Ford, quien prohibió a todas las agencias y funcionarios norteamericanos involucrarse en conspiraciones para asesinar a líderes políticos.
Definiciones así evidenciarían una voluntad de normalizar las relaciones estatales entre ambos países, para lo cual es preciso descontinuar las prácticas y comportamientos que impiden lograrlo.
Entre los primeros pasos, que no requieren de complicados procesos legislativos y que disfrutan de consenso entre importantes sectores de la sociedad norteamericana, pudieran estar la cuestión de los viajes de ciudadanos estadounidenses a Cuba, las visitas familiares de cubanos a Estados Unidos, los intercambios académicos, científicos y culturales, así como el levantamiento de las restricciones y de las trabas financieras para la adquisición de alimentos, medicinas, materias primas, fertilizantes, maquinarias y tecnología para producirlos.
A ese proceso pudieran sumarse contactos oficiales u oficiosos a diferentes niveles y encuentros de funcionarios norteamericanos con legisladores, intelectuales y representantes de la sociedad civil cubana, tal y como habitualmente han hecho altos dirigentes cubanos, especialmente Fidel Castro con personalidades norteamericanas.
La idea que predomina hoy, en el sentido de que las autoridades norteamericanas sólo pueden hablar y recibir evaluaciones de la realidad cubana de los grupúsculos contrarrevolucionarios, es enfermiza y discrimina a la inmensa mayoría de la sociedad cubana.
Estados Unidos no debiera dilatar ni un minuto más la decisión de suspender las actuales transmisiones de radio y televisión hacia Cuba y restablecer el uso de las frecuencias de onda media y corta asignadas a la Voz de los Estados Unidos.
Por ese camino, de un modo expedito, sin estridencias ni polémicas, ambos países podrán centrarse en las cuestiones bilaterales y avanzar hacía zonas de intereses comunes donde se abren perspectivas de cooperación.
De ese modo, el fracasado bloqueo caerá por su propio peso y se avanzará hacía la solución de entuertos mayores, entre ellos, la base naval de Guantánamo.
El mantenimiento de esa instalación militar no sólo está en contra de las leyes cubanas, sino que vulnera cualquier principio de equidad internacional. En ese contexto, violentan la voluntad del gobierno y el pueblo de la Isla, convirtiendo a las tropas norteamericanas de Guantánamo en un virtual destacamento de ocupación.
Como se puede ver, el camino a superar en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, es largo y difícil, pero como ocurre con cualquier otro camino: comienza por dar los primeros pasos. •

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