Una selección de : Norma V. Aldoney
La ideología del libre mercado está lejos de estar acabada.
Por: Naomi Klein
Independiente de lo que signifiquen los sucesos de la semana pasada, nadie debiera creer en las desmedidas afirmaciones de que la crisis del mercado marca la muerte de la ideología del “libre mercado”. La ideología libremercadista siempre ha sido una sirvienta de los intereses del capital, y su presencia fluctúa dependiendo de su utilidad para esos intereses. Durante los tiempos de auge es rentable predicar el “laissez-faire”, porque un gobierno ausente permite inflar burbujas especulativas. Pero cuando esas burbujas estallan, la ideología se convierte en un estorbo y se pone a dormir mientras el gobierno acude al rescate. Pero tranquilícese: la ideología regresará triunfal cuando el rescate esté hecho. Las deudas masivas que el público está acumulando para afianzar a los especuladores se convertirán entonces en una crisis presupuestaria global, que será el racional para profundos recortes en los programas sociales y para un renovado impulso a favor de privatizar lo que queda del sector público. Se nos dirá también que nuestras esperanzas de un futuro verde son, lamentablemente, demasiado costosas.
Lo que no sabemos es cómo responderá el público. Tome en cuenta que en Norteamérica, todos los menores de 40 años de edad crecieron oyendo que el gobierno no puede intervenir para mejorar nuestras vidas, que el Gobierno es el problema y no la solución, que el “laissez faire” era la única opción. Ahora estamos viendo de pronto a un Gobierno extremadamente activista e intensamente intervensionista, dispuesto, al parecer, a hacer todo lo que sea por salvar a los inversores de sí mismos.
Este espectáculo plantea necesariamente la pregunta: si el Estado puede intervenir para salvar a corporaciones que tomaron riesgos temerarios en los mercados inmobiliarios, ¿por qué no puede intervenir para impedir que a millones de estadounidenses se les ejecuten sus propiedades? En la misma línea, si 85 mil millones de dólares pueden ser puestos a disposición inmediata para comprar el gigante de los seguros AIG, ¿por qué un sistema de salud único (que protegería a los estadounidenses de las prácticas depredadoras de las compañías de seguros de salud) parece ser un sueño inalcanzable? Y si aun más corporaciones necesitan dinero de los contribuyentes para mantenerse a flote ¿por qué los contribuyentes no pueden a cambio plantear exigencias, como topes en los pagos a los ejecutivos y una garantí contra más pérdidas de empleos?. Ahora que está claro que los gobiernos pueden realmente actuar en tiempos de crisis, se les hará mucho más difícil alegar impotencia en el futuro.
Otro vuelco potencial tiene que ver con las esperanzas del mercado en futuras privatizaciones. Durante años, los bancos globales de inversión han estado presionando a los políticos a favor de dos nuevos mercados: uno que provendría de la privatización de las pensiones públicas, y el otro que vendría de una nueva oleada de caminos, puentes y sistemas de agua privatizados o parcialmente privatizados. Ambos sueños se han hecho bastante más difíciles de vender: los estadounidenses no están en ánimo de confiar más de sus activos individuales y colectivos a los irresponsables jugadores de Wall Street, debido especialmente a que parece más que probable que los contribuyentes tendrán que pagar para comprar de vuelta sus propios activos cuando estalle la próxima burbuja.
Descarriladas las conversaciones en la Organización Mundial de Comercio, esta crisis podría ser también un catalizador de un enfoque radicalmente alternativo para regular los mercados mundiales y los sistemas financieros. Ya estamos viendo un movimiento hacia una “soberanía alimentaria” en el mundo desarrollado, en lugar de permitir el acceso a los alimentos a los caprichos de los operadores de comodities. Puede haber llegado finalmente el momento para ideas como hacer tributar al comercio, lo que disminuiría la inversión especulativa, así como para otros controles globales sobre el capital. Y ahora que nacionalización no es una mala palabra, las compañías de petróleo y gas debieran tener cuidado: alguien debe pagar por un giro hacia un futuro más ambientalmente limpio, y tiene mucho sentido que el grueso de los fondos venga del sector altamente rentable que es, además, el mayor responsable de nuestra crisis climática. Ciertamente eso tiene más sentido que crear otra peligrosa burbuja en las transacciones de carbono.
Pero la crisis a la que asistimos pide cambios aun más profundos que eso. La razón por la que se permitió que estos préstamos-basura proliferaran, no fue solo porque los reguladores no entendieron el riesgo. Es porque tenemos un sistema económico que mide nuestra salud colectiva basándose exclusivamente en el crecimiento del PIB. Mientras los préstamos-basura estuvieron alimentando al crecimiento económico, nuestros gobiernos los apoyaron activamente. De allí que lo que está siendo realmente cuestionado por la crisis es el compromiso incuestionable con el crecimiento a toda costa. Esta crisis debiera conducirnos a una vía radicalmente diferente para que nuestras sociedades midan su salud y su progreso. Nada de esto, sin embargo, ocurrirá sin una enorme presión pública sobre los políticos en este período clave. Y nada de lobbies corteses: lo que se necesita es un regreso a las calles y al tipo de acción directa que facilitó el New Deal de los años treinta. Sin ello, habrá cambios superficiales y un retorno, lo más rápidamente posible, a lo de costumbre.
The New York Times Syndicate
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