sábado, 11 de octubre de 2008

ALIMENTOS: ¿Crísis alimentaria mundial?

Selección de Norma Aldoney de Artículos de “Le Monde Diplomatique” (Extractos)

La visión de la FAO
Alimentarse en lugar de ser alimentado
(por el Dr. Jacques Diouf, director general de la FAO)

Por más sorprendente que pueda parecer, la aplicación del derecho a la alimentación, reconocido en 1948, solo comenzó a afirmarse y a tomar forma hace apenas una década...

...Alimentación, ¡cuántas calumnias se levantan en tu nombre! ¿Se sabe acaso que en este siglo XXI de la mundialización y de Internet, el derecho a la alimentación figura de manera explícita en la Constitución de unos veinte Estados apenas? Resulta difícil cambiar las mentalidades, vencer la indiferencia o la inconciencia. ¿Cuánto tiempo deberá transcurrir aún para que presenciemos la “rehabilitación” de uno de los derechos fundamentales del hombre?

Todo comenzó en 1948. Ese año, por primera vez, el derecho a la alimentación fue reconocido en París en la famosa Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero quedó, podríamos decir, aletargado durante mucho tiempo, pues fue recién en 1966 que la Asamblea General de la Naciones Unidas adoptó el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.

Por ese pacto, que entró en vigor en 1976, y que desde entonces fue ratificado por 156 países, los Estados reconocen el derecho a una alimentación adecuada. Y reconocen además “el derecho fundamental de toda persona a estar protegida contra el hambre”, comprometiéndose a adoptar, individualmente y mediante la cooperación internacional, “las medidas, incluidos programas concretos para mejorar los métodos de producción, conservación y distribución de alimentos”.

Los Estados se comprometen también a “garantizar un reparto justo de los recursos alimentarios mundiales (...) y a adoptar, entre otras disposiciones, “medidas legislativas para garantizar el pleno ejercicio de los derechos reconocidos en el Pacto”. De esta forma, los Estados admiten que tienen obligaciones. Sin embargo, en el plano concreto, las cosas tardan en materializarse.

Hubo que esperar hasta 1999, decir, treinta años, para que el Comité de derechos económicos, sociales y culturales suministre en su Observación General 12, una interpretación oficial del derecho a la alimentación- “el acceso en todo momento a una alimentación adecuada”- y de las obligaciones correspondientes de los estados.

Para ello fue necesario que se desarrollara en 1996, en Roma, en la sede de la FAO, la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, con la presencia de 185 países, 82 de los cuales estuvieron representados por su jefe de Estado o de gobierno. En su Plan de acción (Objetivo 7,4), la Cumbre llamó a “esclarecer el contenido del derecho a una alimentación suficiente y del derecho fundamental de toda persona a no padecer hambre, como se declara en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y otros instrumentos internacionales y regionales pertinentes”.

La Cumbre también llamó a “brindar particular atención a la ejecución y a la realización completa y progresiva de ese derecho, como medio para alcanzar la seguridad alimentaria para todos”. Fue recién en junio de 2002, durante la “Cumbre Mundial de la Alimentación: cinco años después” que los Estados debían decidir la elaboración de “Directrices voluntarias en apoyo de la realización progresiva del derecho a una alimentación adecuada en el contexto de la seguridad alimentaria nacional”. Al cabo de veinte meses de intensas negociaciones, esos lineamientos, sometidos al Comité de la Seguridad Alimentaria Mundial, fueron adoptados por unanimidad por el Consejo de la FAO, en noviembre de 2004

Por primera vez, la comunidad internacional se ponía de acuerdo sobre un texto que garantiza la transición del estado de reconocimiento del derecho a la alimentación, al estado de aplicación efectiva.

¿En qué punto se halla hoy en día el derecho a la alimentación? ¿Es una realidad o una idea? ¿La situación mundial ha verdaderamente mejorado? ¿se logrará el objetivo del milenio, consistente en reducir a la mitad la proporción de personas que sufren hambre, antes de 2015.

Por derecho a la alimentación se entiende el derecho de todo ser humano a tener acceso regular a una alimentación suficiente, adecuada en el plano nutritivo y culturalmente aceptable, para desarrollar una vida sana y activa. Se trata del derecho de cada uno a alimentarse dignamente, en lugar de ser alimentado.

... Lo que se impone es un cambio radical de óptica: el ciudadano ya no es un destinatario impotente, objeto de caridad, sino una persona que tiene derecho a gozar de un entorno que le permita alimentarse y, en su defecto, a recibir asistencia con total dignidad.

A fin de garantizar el derecho humano universal a una alimentación adecuada, los individuos deben estar habilitados a reivindicar ese derecho y los Estados deben rendir cuenta sobre la elaboración y la aplicación de políticas dirigidas a su concretización.

...

Nota: Al ser electo presidente de Brasil, Luis Ignacio “Lula” da Silva anunció que su gobierno daba prioridad absoluta a la erradicación del hambre por medio de la aplicación del programa “Hambre cero”, un proyecto integrado destinado a los hogares más vulnerables.


Chile ante la crisis

Vale la pena analizar el caso chileno, que es también adentrarse en el fenómeno global. Chile con una subnutrición entre el 2-3 por ciento y con una desnutrición crónica infantil de menos del 3 por ciento, no es uno de los países en verdadero peligro de una crisis alimentaria. Con un campo altamente productivo, Chile es un exportador neto de productos agropecuarios, obteniendo un 10% de sus ingresos por esta fuente. La dificultad que enfrenta Chile es que sus exportaciones silvioagropecuarias no son principalmente alimentarias, por lo que podría sufrir –a partir del alza de precios de los alimentos básicos de la canasta alimentaria- un incremento en la presión inflacionaria. (...)

... Chile exporta un promedio de 50 por ciento de toda su producción silvioagropecuaria, lo que representa una tercera parte de todas sus exportaciones. Eso implica que su producción exportable excede por mucho su consumo, e implica que, en caso de escasez de alimentos, Chile podría reorientar su producción para atender la demanda interna. En ese sentido, es importante mencionar que Chile importa principalmente carnes, oleaginosas y cereales, y todos estos rubros han subido en el mercado internacional (la soya un 87 por ciento y los cereales un 45 por ciento).

...

La psicosis en torno al arroz ha sido emblemática de la situación de angustia alimentaria que, aparentemente de manera súbita, ha azotado al mundo entero. El pánico mundial fluye por los canales de la globalización, como fluyen los capitales financieros, las noticias o las personas.

Este país tiene la capacidad de alimentar bien a toda su población, pero tendrá que acelerar las medidas. Al decir que Chile debe cuidar la alimentación de su población, no solo nos referimos a la desnutrición antes mencionada, sino también a un problema igual de grave: la obesidad. Con un 11,7 por ciento de niños obesos –uno de los índices más altos de la región-, el país andino está a las puertas de una eventual situación crítica originada por los malos hábitos alimenticios de la población.

En su participación en este libro, el Dr. Miguel Angulo describe las formas a través de las cuales los hogares pobres sufren epidemias de obesidad, y los enormes costos para el Estado por atender esta forma de mal nutrición. Angulo es claro en plantear la urgencia de atender este problema que está vinculado a la poca integración social, al bajo nivel de instrucción, y a la falta de acceso a alimentos más saludables. En este sentido, el derecho a una alimentación adecuada no está relacionado solo con el derecho a estar libre de hambre, si no con el derecho a tener una dieta balanceada, adaptada a las preferencias culturales de cada persona y basada en una producción sustentable que haga un buen uso de los recursos.

Atacando el mismo tema, el Dr. Oriol Ramis urge a reconstruir nuestra relación con los alimentos saludables y el ejercicio, que se ha fracturado a partir de una industria alimentaria, a menudo globalizada, que está produciendo masivamente productos de alto contenido calórico, ricos en azúcares y grasas que contradicen los hábitos tradicionales de alimentación. Ramis nos recuerda que la OMS ha llamado a los gobiernos a contrarrestar esta tendencia con normas legislativas y una mayor responsabilidad social empresarial. (...)

(...)

Motines del hambre
Ignacio Ramonet , (Director de Le monde Diplomatique) Mayo 2008.

Ya son más de treinta y siete países en los que la inseguridad alimentaria ha provocado protestas. Las primeras tuvieron lugar en México el año pasado por el aumento exagerado del precio del maíz. También en Mayanmar (ex Birmania) la insurrección de los monje, en septiembre de 2007, comenzó por manifestaciones de descontento contra la carestía de los alimentos. Y en las últimas semanas hemos asistido a tumultos en diversas ciudades de Egipto, Marruecos, Haití, Filipinas, Indonesia, Pakistán, Bangladés, Malasia y sobre todo de África Occidental (Senegal, Costa de Marfil, Camerún y Burkina Faso).

Son rebeliones de los más pobres y limitadas al ámbito urbano. El campesinado, por el momento, no se ha amotinado, y las clases medias no se han sumado al movimiento, pero lo harán si los precios de la comida siguen aumentando. Y éstos subirán pues lo paradójico de la situación es que nunca la producción agrícola había sido tan abundante. O sea que la carestía actual no se debe a la penuria, sino a otros factores. Habrá pues nuesvos amotinamientos por hambre –y durante un largo período- los que se traducirán por nuevas oleadas de emigración, pues la comida representa hasta el 75% de los ingresos de las familias de países pobres, contra un 15% en los países ricos.

Para prevenir las próximas algaradas, algunos Gobiernos ya han multiplicado las medidas: Kazajitán ha suspendido todas sus exportaciones de trigo, Indonesia ha decidido limitar las de arroz, Filipinas ha declarado la guerra contra los especuladores, y Argentina, Vietnam y Rusia han restringido sus ventas de trigo, arroz y soja al extranjero.

Pero los precios siguen en alza. Desde marzo de 2007, el valor de los productos lácteos ha subido un 80%, el de la soja un 87%, y el del trigo , un 130%. El Banco Mundial, que no está exento de responsabilidad, afirma que estos aumentos han empujado al abismo de la miseria a más de cien millones de habitantes de los países pobres. Y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola estima que por cada aumento de 1% del coste de los alimentos de base, 16 millones de personas se ven sumergidas en la inseguridad alimentaria. Lo cual significa que 1.200 millones de seres humanos podrán padecer hambre crónica de aquí a 2025.

¿Por qué aumentan los precios de la comida? Esencialmente por cuatro razones. Primero porque la elevación del nivel de vida de países como China, la India y Brasil ha modificado los hábitos alimentarios. Se consume más carne, luego hay que criar más ganado, el cual consume una parte importante de las cosechas de cereales. Las nuevas clases medias comen más veces a la semana carne de pollo y de cerdo, y estos animales se nutren a base de soja y de maíz (se necesitan tres kilos de granos para producir un kilo de ave, y más del doble para obtener un kilo de carne vacuna). Como la población mundial va a seguir creciendo y el poder adquisitivo de muchas personas va a continuar elevándose, se producirá un cambio estructural. El ecologista Lester Brown lo anuncia: “Cuando los chinos consuman tanta carne como los estadounidenses, absorberán el 50% de los cereales del mundo”.

Segundo, porque una parte de la producción alimentaria (caña de azúcar, girasol, colza, trigo, remolacha) se destina ahora a la producción de agrocarburantes. Las tierras y los cultivos que se dedican a esa actividad ya no dan alimentos para los seres humanos. Y esto también se va a agravar. La Unión Europea ha decidido que un 10% del total de hidrocarburos consumidos de aquí a 2020 deben ser agrocarburantes. Y el presidente de Estados Unidos, Geoge W. Bus, pide que sea un 15% de aquí a 2017. A tal punto que países con déficit alimentario como Senegal o Indonesia han resuelto producir agrocarburantes en vez de vegetales comestibles. Responsable en parte de esta situación, el Fondo Monetario Internacional afirma que entre un 20% y un 50% de las cosechas mundiales de maíz y de colza ya están siendo desviadas para elaborar carburantes.

Tercero, porque el estallido de los precios del petróleo –por encima de 115 dólares el barril- encarece el costo de los transportes, en particular el del traslado de los artículos del agro y por consiguiente el valor de los alimentos.

Cuarto, por efecto de la especulación financiera. Huyendo de las crisis de los subprime, los fondos de inversiones apuestan en este momento por los productos alimentarios: soja, trigo, arroz, maíz. Son valores de refugio. Los fondos compran y almacenan apostando por el alza. Como los acaparadores de siempre, los nuevos especuladores no dudan en enriquecerse con las hambrunas que ellos mismos contribuyen a crear. Se estima que la especulación está causando un 10% de las subidas de los alimentos.

Los países ricos se comprometieron hace tiempo a consagrar el 0,7% de su Producto Interior Bruto al apoyo de los países pobres. Muy pocos han cumplido esa promesa. En su conjunto, el año pasado la ayuda disminuyó un 8,4%. ¡Y la asistencia a la agricultura de los Estados del Sur bajó, en los últimos veinte años, un 50%! ¿Cómo extrañarse de la proliferación de los motines? ¿Qué se espera para crear, por fin, un gran Fondo Mundial contra el Hambre? (Según el agrónomo Marc Dufumier, el más mínimo incidente climático puede desatar una hambruna).

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