jueves, 19 de febrero de 2009

Historia de las mujeres en Chile y la cuestión de género en la historia social.

Víctor Toledo Llancaqueo (Historiador P.U. Católica de Chile)

En “Huellas, seminario Mujer y Antropología” Stgo. 1993)

Citas.
Reificación (cosificación) de las mujeres como sujetos históricos.

Al respecto, es interesante observar que uno de los mecanismos de poder de “el otro” dominante (sea una nación colonial, sea un patriarcado, sea una clase) es definir la identidad de su alter (otro) subordinado de un modo reificante (como cosa). El mapuche es “indio”, sin más; el pueblo es “pobreza”; la mujer es género, sin más. Y solo la mujer posee genero (al punto que decir mujer y genero parece pleonasmo –repetición-), así como los únicos que son gente de “color”, son... “los de color” (por supuesto negros, amarillos, morenos). Para sí mismos y para los otros, los blancos –el poder-, no tienen color. Los hombres –el poder- no poseen género. Los huincas –el poder- no tienen etnicidad (raza). Son los otros, los de abajo, los que son adscritos (nominados), reificados, a una identidad reticular (visible), y por lo tanto solo pueden tener historicidad encerrados en esa identidad, con referencia solo a sí mismos.
En tal operación (...) las mujeres aparecen desvinculadas del proceso social, sus identidades se restringen a una sola, la de género, y ésta queda referida a un universal, no a una construcción simbólica y social, histórica. Un concepto universal de mujer, vacío de contenido (...). Tal vez sin quererlo, se reproduce el gesto patriarcal de concebir a las mujeres encerradas en lo suyo (...), son aisladas como una especialidad, en el mejor de los casos, o como un ghetto (“las locas del feminismo”) en el peor, conjurando con ello el peligro crítico de esta historiografía.
(...)

Mujeres y hombres. Historia de las relaciones de género.

(...) “hasta ahora solo se ha escrito la historia de los hombres”. Ello no es efectivo.
El protagonista de la historia, para las escuelas historiográficas tradicionales chilenas, no son “los hombre” en general, sino arquetipos (modelos) sociales del poder. Arquetipo masculino, sí, en tanto el poder lo es. Y ese arquetipo no solo no da cuenta del protagonismo histórico de las mujeres (aun cuando sí incluye a aquellas mujeres que de un modo u otro participan del poder). La negación de historicidad, y el silencio de las fuentes documentales tradicionales, es algo con lo que también nos encontramos quienes buscamos relevar (dar importancia) la historia de los pueblos indígenas, o los que investigan la historia del bajo pueblo, de los ancianos, de los niños, etc. Las “gentes sin historia” conforman vastas y heterogéneas (distintas) legiones (cantidades), de mujeres y hombres, cuyas voces y huellas debemos escuchar y rastrear a través de documentos escritos por otros.(...)
(...)No se ha estudiado la historia de los hombres, de poder y sin él, en una perspectiva de género. En Chile, lo masculino en las relaciones sociales y como construcción simbólica y social del género, solo ha sido tratada en la literatura (por ejemplo, en las obras de José Donoso) Y al descartar de antemano la investigación de los hombres –“pues su historia ya está escrita”- se incurre en un error que limita la comprensión, no solo de la historia de varones y mujeres, sino de toda la cuestión de género en la historia social (que es algo más que la historia de mujeres, hombres y de la homosexualidad en uno u otro caso).
En definitiva, creo que lo que no está escrito, hablado ni investigado es la historia desde una perspectiva de género en Chile, y sospecho que esto es general para América Latina. Más aún, tal perspectiva no forma parte del “equipo mental” de los historiadores/as. (...) No se trata solo de un vacío en un “tema interesante” de la historia que se llenaría incorporando las categorías sexo-género a nuestro bagaje. Estamos hablando de una insuficiente comprensión del sistema de relaciones sociales en general y de las relaciones de poder, las hegemonías, en particular, que en América Latina anudan de modo inseparable lo étnico, lo clasista y lo genérico. Poder: precisamente aquello que la historiografía tradicional oculta o mistifica.

Historicidad de la intersección de relaciones de género-clase-etnia y poder.

Las diferencias que estructuran la vida social son múltiples, se implican y condicionan mutuamente. La identidades y relaciones de género, clase, etáreas (edad), de etnicidad, etc., no se construyen ni se experimentan en forma compartimentada por los sujetos: hay un sustrato(fondo) cultural en el cual se entretejen. Tramas de relaciones que, a su vez deben ser situadas en su historicidad concreta. (...)
(...)
Por comodidad analítica muchas veces se habla de dobles o triples subordinaciones o discriminaciones (género, etnia, clase) en el caso de las mujeres, si éstas son indígenas campesinas, eso sin agregar el factor generación al. Pero creo que los sujetos no la experiencia de subordinación de un modo tan segmentado y esquizofrénico. Más aún, esta polivalencia (múltiples valores) de las relaciones de poder no la viven solo las mujeres, sino que participan de ella todos los miembros de una sociedad latinoamericana. Para ilustrar esta idea veamos un caso de hombres, de hombres subordinados (y resistiendo) a otros hombres.
En los procesos de proletarización, en transición capitalista minera del Norte Chico (siglo XIX) los empresarios y capataces buscarán subordinar a los inquietos “peones vagamundo”: para ello no solo opera un proceso de disciplinamiento de los peones como mano de obra. Un peón es un sujeto, no solo fuerza de trabajo. Para lograr una transformación social tan profunda como es la proletarización, no solo cuentan los diversos mecanismos disciplina, vigilancia y control, también importan las subordinaciones culturales étnicas, en tanto estos peones son mestizos. Pero, además, en este mismo proceso de subordinación si es exitoso se opera un quiebre en la identidad viril de los peones vagamundos, sujetos de poder en tanto poseen autonomía. Dentro del modelo cultural de ser hombre, en ese mundo, un peón subordinado es menos hombre, su identidad se ve cuestionada.
Esta polivalencia de las relaciones de poder/subordinación (clase-etnia-género) se expresará con mayor nitidez en las diversas formas de resistencia al poder. (...) No hubo un cambio en el modelo cultural de ser varón, este siempre es estructural, comprende a todos los hombres de una sociedad. En el caso minero que estamos comentando, es elocuente el hecho de que las traiciones al grupo que resiste “como un solo hombre” frente al patrón (la huelga) sean condenadas no como falta de conciencia de clase, sino ante todo como traición a la camaradería de hombre: es afeminamiento: “mariconería”. Los ritos de fraternidad, la simbólica de género masculino y lo mestizo, han sido tan importantes como lo ideológico en la constitución de una identidad de clase trabajadora en Chile.
Pero junto a ese proceso esbozado para el caso de los hombres en la transición de fines del siglo XIX, es necesario considerar los cambios operados en la situación de la mujer popular. Ella pasa del rancho campesino o suburbano, al conventillo, perdiendo libertades y estableciendo una nueva relación con los hombres –ahora más subordinada- reducida al hacinamiento, a convivir con un peón proletarizado que ha de reafirmar, en un nuevo tipo de unidad doméstica, su virilidad. Es necesario, por tanto, preguntarse por los cambios en las relaciones de poder, en general y de sexo/género en particular si queremos estudiar tal o cual sujeto en un período histórico.
(...)

Hacia una teoría transdisciplinaria (o mestiza)

(...) una historiografía de las mujeres (y de los hombres) en una matriz género, etnia, clase, si puede contribuir a dar vuelta los discursos y subvertir (cambiar) las interpretaciones tradicionales de la historia.
Pero mirando hacia el gremio de los historiadores, creo que la elaboración de un nuevo paradigma (modelo) que integre la categoría de género en el estudio de las relaciones sociales, y el avance en los estudios de historia de las mujeres, en la perspectiva que hemos señalado, presenta serias dificultades. La institución de los historiadores es la más antigua y tradicional de las ciencias humanas en Chile. La única con estatuas en las calles, y ello no es baladí (poca cosa): son los creadores y guardianes de los mitos de la nación. Gremio con fuertes prejuicios clasistas, etnocéntricos y cuasimisóginos (un Club de Tobi). (...)
Pero saliéndonos del gremio: es claro que ni la historia de las mujeres y de todo un pueblo, es territorio reservado solo a historiadores/as, ni que la temática de género sea campo de las antropólogas exclusivamente. (...) En particular, sería fecundo un diálogo permanente entre historia y antropología. (...) La historia de las mujeres, las historia de las relaciones de género, tiene sentido en la cultura y como una historia total. La identidad de género en América Latina es un “hecho social total”.

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